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domingo, 10 de mayo de 2026
Nostalgia: la tristeza del alma
jueves, 2 de abril de 2026
Pregón de la Semana Santa de Abla 2026
Pregón de
Semana santA
D . A n t o n i o G o n z á l e z Pa d i l l a
El Rostro de Cristo: la Cara de Dios
Me llena de gozo, de emoción y de gratitud, dedicar este pregón a mis padres: Antonio y Paquita. Quienes me enseñaron desde niño a amar la Semana santa de Abla, y sembraron en mi alma la fe cristiana que da sentido a mi vida.
¡Abulenses siempre excelentes!
¡Paz y bien para todos vosotros!
Soy Antonio González Padilla, hijo de Antonio y de Paquita, la de Teléfonos. Soy, sencillamente, uno de los vuestros.
Hoy comparezco ante vosotros con el corazón lleno de gratitud y de emoción. Mi agradecimiento más sincero a la Fusión de Cofradías por haberme otorgado el honor inmenso de ser el pregonero de la Semana Santa de Abla. Poder compartir esta cita con todos vosotros, en torno a la fe, al sentimiento y a la profunda emoción del misterio que da sentido a nuestra esperanza -la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret-, es para mí un privilegio y una responsabilidad que asumo con humildad y alegría.
A ti, querido Francisco López Ocaña, amigo entrañable de la infancia y compañero fiel en tantos tramos del camino, mi agradecimiento más afectuoso. Desde aquellos años de formación en el Seminario hasta los días presentes, permanece intacto el lazo de nuestra amistad, firme como una promesa cumplida en el tiempo. Gracias, hermano, por tus palabras en el prólogo. Sé bien que brotan del afecto sincero y del aprecio acumulado a lo largo de tantos años compartidos. Y desde este atril quiero expresar, con profunda emoción, mi reconocimiento más hondo por la labor inmensa que realizas al frente de la Fusión de Cofradías. Sin tu entrega constante, nuestras procesiones de Semana Santa no tendrían el esplendor, el orden ni el espíritu que hoy las engrandecen. ¡Gracias, Francisco! por tu fe activa, por tu amistad fiel, por ser faro y compañía en este camino común. ¡Qué este pregón sea, ante todo, un canto compartido!: a la fe que nos une, a la tradición que nos identifica, y al amor que sostiene y da fuerza a este pueblo bendecido por la mirada serena de su Jesús Nazareno.
Mi fe cristiana nació a la sombra del viejo templo parroquial, nutrida por la educación recibida junto a mis hermanos en la casa de mis padres, y por influencia de aquel sacerdote bueno, cuyo nombre el tiempo no merece borrar, hablo de don Juan Bautista García del Castillo, figura luminosa en los años cincuenta. Con su talento natural para la organización y su sensibilidad estética, dio vida y armonía a las procesiones, insuflando a las hermandades el fervor que todavía las sostiene. Fue el alma de la Semana Santa abulense. Por eso, estas líneas quieren ser también un sencillo homenaje: ¡Gracias, don Juan!
En esas calles de Abla aún resuena la historia. Junto a la huella romana originaria de nuestra fe cristiana, sembrada por nuestro obispo san Segundo, y sellada con la sangre del martirio de nuestros mártires: Apolo, Isacio y Crotato; toda una herencia late en la piel del pueblo, en su manera de mirar al cielo y de hablar con la tierra. La fe de nuestros padres no fue una creencia liviana, sino raíz y sustento. Esa fe -hecha de familia, de trabajo, de rito- se ha transmitido como una melodía antigua de generación en generación, y en ella la Semana Santa ocupa un lugar privilegiado: es la memoria compartida que enriquece y cohesiona a todo un pueblo.
Mi padre, como bien sabéis todos los que lo conocisteis, era un hombre de gran devoción. Cofrade de la Virgen de los Dolores, vivía cada Semana Santa con entusiasmo y entrega. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la ilusión con que fabricaba los cirios eléctricos de los penitentes, aprovechando las pilas de teléfono, para que el viento no apagase la llama de los cirios durante el recorrido. Aquellos cirios, encendidos de fe, eran el reflejo de un corazón creyente que no se rendía ante el viento ni ante la oscuridad.
En aquellos años, en la década de los cincuenta y los sesenta, la gente de Abla vivía su fe con intensidad. La Semana Santa era el triunfo de la primavera con la derrota del invierno; el pueblo se preparaba blanqueando las fachadas de sus casas, como signo de transformación exterior pero también interior. La banda de música ensayaba en el ayuntamiento que escuchaba desde casa, -signo inequívoco para quien les habla- que el gran acontecimiento estaba muy próximo. La Cuaresma - tiempo de penitencia y ayuno- se respiraba en cada casa, en cada gesto, en cada conversación de vecindario. Quienes crecimos bajo aquella atmósfera sabemos que la Semana Santa de Abla no era solo una tradición, era -y sigue siendo- un modo de vivir la fe. Lo que se celebraba en el templo se prolongaba en las calles, en las voces del pueblo, en las manos que cosían, túnicas, capirotes y tronos, en los corazones que esperaban la Pascua como un renacer colectivo.
-¿Quiénes preparaban los pasos?
-¿Quiénes revestían a la Virgen con tanto amor, ajustando sus alfileres de plata o su camisa de encaje?
-¿Acaso no eran ellas quienes colgaban sus joyas en torno a su fino cuello, o colocaban las orquídeas, las fresias, los jacintos, los lirios y las rosas blancas? -¡Oh, mujeres de Jerusalén! que bajo el manto de la Virgen, cubrid vuestra identidad con la humildad y la generosidad que os caracteriza.
¡Va por vosotras! Por: Cecilia, Ceso, Consuelo, Encarna, Josefa, Magdalena, Manuela -la prima María-; por Mari, Maruja, Pilar, Piedad, Rosa, Rosario… y por tantas otras mujeres de Abla que pusieron el alma en cada preparativo, el corazón en cada rezo y la ternura en cada paso.
Y ¿cómo olvidar a aquellos hombres, padres, tíos y hermanos, que con su entrega silenciosa, levantaron sobre sus hombros el peso del fervor y la herencia de un pueblo creyente? Ellos son parte de nosotros:
Antonio Tapia Torres, “El Quinto”, sacristán y mano derecha de nuestros párrocos. Antonio el Monjo, Antonio Lerenes, Antonio el de Julia, Antonio el de la Luz, Alfonso Ortíz, Antoñuelo, Apolo, Benito, Cayetano, Dámaso, Ginés, Juan el Caracol, Paco Ocaña, Pepe el Santo, mi padre Antonio y su inseparable amigo Vicente…, el tío David y el tío Paco….
Imposible nombraros a todos, porque fuisteis muchos, y todos, sin excepción: ¡valiosos! Cada uno dejó en nuestras calles el eco de su paso, la huella de su fe, la ofrenda de su vida. Y hoy, aquí reunidos al nombraros, sentimos vuestro regreso porque Abla, ¡no olvida a los suyos!
Vuestra memoria sigue viva en el redoble del tambor, en el incienso que asciende, y en el alma agradecida de este pueblo que sigue caminando tras la cruz de Cristo. ¡Qué esta Semana Santa nos encuentre unidos, creyentes y agradecidos, porque mientras haya en Abla una vela encendida, una flor en el paso y una oración en los labios… el corazón de nuestro pueblo seguirá latiendo junto al corazón de Cristo. Permitidme haceros algunas preguntas que nacen de la reflexión de este pregonero, y que podemos responder juntos:
¿Cuál es el verdadero significado de la Semana Santa? ¿Son las celebraciones litúrgicas y el mundo espiritual en torno a ellas? ¿Son las procesiones en nuestras calles? o ¿tal vez sea la gastronomía familiar en torno a una mesa? Son todas.
Porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. "Y vio Dios que aquello era bueno". (Gen.1,31). Ese mismo Dios, en la plenitud de los tiempos, no se concluye en la eternidad sino que se hace Palabra e irrumpe en la historia y en el tiempo. Este es el misterio de la Encarnación. Podía haberlo hecho de otro modo, pero lo hizo así: eligió a una joven virgen como Madre. Y Ella, ante el misterio, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La gran tragedia de Jesús de Nazaret comienza en un pueblo humilde y culmina clavado en una cruz en el Gólgota. Entre ambos extremos se desarrollan episodios de ocultamiento y vida pública que es necesario recorrer, contemplar y meditar: actos y acontecimientos que a la luz de la razón humana son difíciles de comprender, aunque no así desde la fe.
Son parábolas y milagros, cercanía y alejamiento, alegría y esperanza… también dolor y soledad, en un acto sublime de entrega, desnudez y abandono. Sin sus discípulos, sin su Madre y hasta sin su Padre, por eso exclama: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”
Es la historia de una infamia y de un fracaso…, hasta la gloria de la Resurrección. La Semana Santa es la manifestación viva de ese relato dramatizado del amor de Dios por nosotros, ante la mirada atónita del mundo. Expectante, el pueblo llena las calles de ciudades y pueblos con estaciones de penitencia para contemplar sus imágenes y dar rienda suelta a sus inquietudes religiosas, sentimientos y deseos más devotos.
Es la piedad de un pueblo que reza y procesiona a través de la contemplación de su Virgen Dolorosa o su Cristo Crucificado, entre varales, flameo de cirios, flores e incienso, o bajo el canto improvisado de una saeta desde un balcón florido. Es grandeza y la plasticidad de unas imágenes sobre tronos majestuosos, portados por costaleros o portadores, escoltados por hermandades de penitentes en estación de penitencia; donde destreza, esfuerzo y oración, forman una misma unidad de sentido, como respuesta a una promesa o al cumplimiento de una tradición ancestral. Es el encanto de la noche bajo el perfume del azahar mezclado con la canela y la vainilla… el lejano sonido de una bocina que rompe el silencio de la noche primaveral. Es el misterio hecho imagen: la Pasión de Cristo en la calle.
Pero la Semana Santa es algo más que una representación plástica o sensorial de la tradición. Con la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, el hombre encuentra sentido a su existencia. Vivir la Semana Santa es morir y resucitar con el Cristo de la fe, a través de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, de un modo real y no imaginario. Es llevar una vida íntima de comunicación con Dios, mediante la oración. Vivirla es hacer presente la muerte y la pasión del Señor que nos redime en la cruz para resucitar con Él. Implica una verdadera conversión de nuestras vidas y un arrepentimiento sincero para seguir a Dios y a su Palabra.
Es seguir la cruz del Crucificado, renunciar al mundo y a sus falacias; dejarse llevar por la fuerza del Espíritu y renacer del agua bautismal. Solo así superaremos nuestras frustraciones y saciaremos nuestra sed de eternidad. Solo así viviremos la Semana Santa como Dios manda.
Por eso el Domingo de Ramos con palmas, olivos y salmos, decimos: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hosanna en el cielo!” Recordamos este día agitando palmas y ramos. De su incineración resurgirán las cenizas, que en cuaresma nos marcan como humanos.
Es Martes Santo. Las flores de los balcones de Abla, comienzan a florecer, y luchan unas con otras para así poderle ver: Y ver pasar al "Ecce Homo" para afligirse con él:
¡Quién fuera en esta noche golondrina que anida bajo teja protegida, para secar con sus alas aleteadas, la sangre a borbotones de esa herida! !Oh Jesús, traicionado y negado por tres veces de madrugada, al canto del gallo, por el más cercano! Ultrajado como títere de escarnio, con cetro de caña y corona espinada: un rey despojado, mofado y humillado.
Es Miércoles Santo. Es un día de oración, no exento de reflexión; los pasos quedan expuestos a la espera del momento de salir en procesión. Así preparan los abulenses el triduo de la pasión, muerte, y resurrección. Cada año en Jueves Santo, se rememora el gran día de la entrega y el amor mediante la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía" Por eso durante esta jornada, celebramos la humildad, del Maestro que se rebaja. lavando los pies a sus discípulos, practicando caridad. Durante toda la noche, es noche de oración; "Hora santa" -le llamamos- ante el sagrario que guarda, el pan y el cuerpo del Señor, como regalo de Dios, quien se quedó entre nosotros como muestra de su amor. En las calles de mi pueblo, bocinas de lamento, recuerdan al Jesús que sufre aquellos grandes tormentos. Durante toda la noche, es noche de oración, de vigilia y Monumento, de rezos y meditación.
Cuando concluye el Via Crucis, en la madrugada del Viernes Santo, Abla, se echa a la calle para vivir con intensidad uno de los días más grandes del año. Llega el momento esperado: la procesión de El Paso con sus dos Encuentros. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús, liderada por su hermano mayor, procesiona al Nazareno. El trono de madera rectangular, escoltado por cuatro faroles, luce sobrio en su sencillez. En el centro se alza la figura de Jesús Nazareno, soportando el peso inmenso de la cruz, ayudado por Simón de Cirene. Su rostro, coronado de espinas, refleja el dolor contenido y la serenidad del sacrificio. Las manos, huesudas, se aferran a la madera que simboliza la promesa sellada en Getsemaní: “¡Padre, qué no se haga mi voluntad, sino la tuya!” A cada paso, las sombras de la noche se llenan con el sonido profundo de la bocina y las trompetas de los sumos sacerdotes. Sus sonidos dialogan como si el cielo y la tierra se respondiesen en un lenguaje de duelo. Entonces, todo el pueblo enmudece, y aquel rumor de bronce transporta el alma a la vigilia del Señor, al instante en que Pedro lo negó, al silencio que precede al amanecer de la fe.
Tras el Nazareno avanza San Juan Evangelista, con túnica verde, señalando con su dedo el camino a la Virgen de los Dolores. El primer “Encuentro” se produce en el Paseo de San Segundo, donde el discípulo amado parece presentar a la Madre el rostro doliente del Hijo que va al Calvario. Es un momento de belleza sobrecogedora: el aire se detiene, solo la bocina rompe el silencio, y cada corazón siente la hondura de aquel drama sagrado.
El trono de la Virgen es una joya barroca: su rostro, inspirado en la escuela de Salzillo, irradia ternura y dolor. Bajo un manto negro bordado en oro, coronada y rodeada de cirios encendidos, avanza lentamente, sostenida por seis varales de níquel que cimbrean con la cadencia de los portadores. El hermano mayor, con báculo de la cofradía y capirote negro, guía con paso firme la procesión. Cincuenta llamas temblorosas iluminan el rostro de la Virgen y su corazón de plata atravesado por siete puñales. Al verla, las lágrimas me vencen. En su mirada encuentro los ojos de mi madre, la fe de mi padre, la memoria de todos los que me precedieron. De niño, en aquellas mañanas de primavera, mi mano se aferraba a las manos de mi madre, mientras el Nazareno y su Madre pasaban ante nosotros. Recuerdo mis zapatos nuevos, la ropa de domingo, la emoción contenida de quien intuía algo sagrado sin comprender del todo. Solo vivencia y emoción. En medio de la sencillez de entonces, aquella procesión era siempre una promesa de belleza y consuelo.
Si el primer Encuentro conmueve hasta las lágrimas, más aún lo hace el segundo Encuentro en la plaza del pueblo. Es el instante en el que la Verónica enjuga el rostro de Jesús. El trono del Nazareno se detiene frente al de la Virgen; san Juan señala el camino y, desde la esquina, se aproxima la Verónica, moviéndose en un vaivén rítmico que parece plegaria. Tres genuflexiones marcan el avance. Entonces, con gesto reverente acerca el lienzo al rostro del Señor, y ante la multitud, el rostro de Cristo queda impreso en el paño. Verónica retrocede mostrando el paño primero al pueblo y luego a la Madre Dolorosa. En un instante preciso, Madre e Hijo, entrecruzan sus miradas: en una queda el dolor, en la otra, un inmenso amor.
Huele a incienso, suena la bocina, y el aire mismo parece suspender su respiración. Aquel instante se vuelve eterno: la fe, el dolor y el amor se funden en una sola emoción que atraviesa generaciones. Todo un pueblo, en silencio, comparte el misterio de un Dios que, a través de la belleza y la entrega, hizo del sufrimiento un acto de amor sin medida.
Sin apenas tiempo, vuelta a casa para en torno a la mesa “reponer fuerzas” con “el potaje de semana santa”, y dar sobrada respuesta a los postres que nuestras madres preparan con tanto esmero: Huevos a la nieve, natillas, flan, arroz con leche…buñuelos y chocolate. Con el último bocado vuelta al templo para sacar en estación de penitencia al Crucificado
Son las tres de la tarde, hora del tercer “Encuentro”. Frente al monte de los olivos, Jesús pende de una cruz. San Juan está allí sumido, indicando el camino, con su palma en la mano, acompañando a María, con el corazón traspasado de un Viernes Santo en la Cruz de los Caídos.
Sus jadeos son más dilatados, apenas puede respirar, el mismo peso del cuerpo le impide ensanchar el pecho, se asfixia cada vez más. Sus fuertes extremidades, apoyadas en los clavos, pese al dolor insoportable, le ayudan a respirar. Finalmente El Crucificado, exhala el último aliento, encomendando su espíritu, a su Padre el "Bien Amado". Un silencio luctuoso, se apodera del lugar, roto por el aletear de aves que se aprestan a volar, y un tambor acompasado, con cadencia regular, rompe un silencio hermanado y nos invita a rezar:
Ante ti estoy, Jesús amado, manos extendidas para perdonarme, y en el madero de tormento romano, atadas y clavadas, para castigarme.Me presento ante tus ojos de amor, para que me miréis con sereno gesto, y la ira de la justicia del buen Dios, se aplaque, por tu misericordia y perdón. No solo diste tu vida con tu hecho, pues si quedaba duda, también renunciaste a tu madre como gesto. Nada quedó en el resto de tu cuerpo: ya que vertiste la última gota de sangre por la brecha de tu costado abierto.
El cielo se torna gris, crespones negros coronan estandartes y banderas, de hermandades y cofradías, cambian su color morado, por símbolos enlutados. San Juan y La Dolorosa, quedan como anonadados, contemplando al soldado, que con yelmo y lanza armado, traspasa aquel costado del maestro e hijo amado. Un color negro sepulcral, reviste el cielo sombreado, a veces iluminado, por relámpagos y nubes, que lloran por El Crucificado. Manifiestan ante el mundo el fracaso de un Dios-hombre, que quiso ser como Dios, y solo es un ajusticiado que pende de un madero cruzado, a la espera de ser por el Padre glorificado.
El que ha de resucitar, primero ha de ser enterrado; por la Calle Baja va el cuerpo del Crucificado, envuelto en un sudario, por "los civiles" escoltado, en los oficios desclavado, por la hermandad, cuyo nombre es, la del resucitado. Todo ha quedado ya dicho, en Siete Palabras -escrito está- las mismas que profirió Jesús, en el Gólgota como altar, antes de expirar. Claveles de color rojo-sangre, rodean el cuerpo yacente, luchan por sobrevivir en un sepulcro de muerte, preludio de una batalla, entre la vida y la muerte, donde Jesús triunfará, sobre las fuerzas del mal.
De terciopelo oro-negro vas vestida "Dolorosa", en tus manos un rosario y en tu pecho, una rosa, con espinas del Calvario. Hacia tu trono caminas con tu pesar, lentamente, a hombros de tus cofrades y el aplauso de tu gente. Hay un silencio expectante roto por un tambor, que sube directo al cielo y susurra una oración. Una saeta irrumpe desde un florido balcón, son versos precipitados: !un grito desde el dolor! !Deja Madre te ayudemos a soportar esa carga, déjanos enjugar tu pena que corre por esas lágrimas!
Recorre Abla en la noche, un silencio sepulcral, una serpiente de luces, repta en la oscuridad, entre cirios encendidos, pavesas que eleva el viento y rezos enmudecidos. Son las mujeres abulenses, que saben lo que es llorar, acompañan a su Virgen llamada: La Soledad.
El día más grande del año en la liturgia cristiana, es la Vigilia del Sábado por la simbología empleada. Es la noche bendita de la luz, y la Palabra, la del agua del bautismo, y sobre todo es: La Noche de La Pascua, y del Cordero Pascual; noche de catecumenado de profesión de fe en el Cristo Resucitado, por la inmersión bautismal en presencia del Cirio Pascual.
¿Qué nos dice hoy la Pasión y Resurrección del Señor a los hombres y mujeres de Abla?
Lo primero, que no tengamos miedo a ser testigos de la Resurrección y a anunciar esta “Buena Nueva” al mundo: ¡Cristo ha resucitado! Ha vencido a la muerte, por eso no es vana nuestra fe. Su resurrección es un mensaje de alegría y esperanza para nuestro mundo, sediento de igualdad, paz y justicia. El amor ha triunfado sobre el odio, la luz sobre las tinieblas, la vida sobre la muerte. A nosotros como comunidad eclesial, nos corresponde dar testimonio de esta "Buena Nueva" con nuestra palabra y nuestras obras. No estaremos solos, "porque dónde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20).
¿Y dónde encontraremos el verdadero rostro de Jesús resucitado? No te engañes: no está escondido en los libros, ni en los tratados de teología o filosofía. Está en ti y en mí, en la entrega y amor con la gente que convivimos a diario. Está en la sonrisa de tus nietos, en la mirada de la persona amada, en el abrazo de un viejo amigo, en el olor del pan recién hecho y en el café de cada mañana; en la lluvia y en el aroma a tierra mojada. Y sobre todo, está en la mano abierta del mendigo que pide a la puerta del supermercado, en la mirada suplicante del enfermo que aguarda un milagro, en la mujer embarazada que besa la vida que su vientre acuna, en tantos hombres y mujeres que sufren la violencia, el maltrato, la soledad o la pérdida.
Pero no sólo ahí. También está en el Camino de Emaús y sólo lo reconoceremos al “partir el Pan”. “Porque No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una gran acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva." Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est, 1.
Gracias a la Resurrección, Cristo está presente en el Sacramento de la Eucaristía con su cuerpo y su sangre, bajo las especies de pan y vino. Un acto grandioso, un milagro precioso del amor de Dios, que acontece y se actualiza en cada Eucaristía. Él está en el cielo como Hijo de Dios-Padre, resucitado y glorificado, a la espera de nuestra resurrección. Aunque nosotros los cristianos, somos su cielo en la tierra cuando llevamos su nombre como testigos de su resurrección, cuando lo sentimos, lo gozamos y lo vivimos en los sacramentos. Parece que está muy lejos…, pero no es así. Está muy cerca. Está en el sagrario, en la Iglesia (asamblea), y en el corazón de cada hombre que siente la necesidad de amarle. Así nos lo prometió: "Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos". (Mt 18,20).
Por todo ello, los abulenses anunciamos con júbilo nuestra Semana Santa:
!Semana Santa de Abla! ¡Qué entre calles encaladas con balcones y casas blancas, procesionan tus imágenes elevando una plegaria de súplica y esperanza! !Qué el mundo sepa que aquí la gente reza con alma, la fe que un día recibió como una perla que guarda, muy dentro del corazón!
!Semana Santa de Abla! que manifiestas tu fe: !Qué el Cielo oiga tu plegaria!
Abla, 15 de marzo de 2026
lunes, 16 de marzo de 2026
Cómo vivir mejor con dolor crónico
El dolor es consustancial al ser humano, pero aguantarlo estoicamente no tiene por qué serlo. Hoy en día, gracias a los avances terapéuticos, podemos hacerle frente. Aunque a menudo se asocia a las personas mayores debido al desgaste propio de la edad, no es un padecimiento exclusivo de esta etapa de la vida.
Sobre esta realidad reflexionamos el pasado martes, 10 de marzo, los alumnos de la Universidad de Mayores Río Nacimiento. Tuvimos el privilegio de recibir al doctor D. Francisco Llave en el hermoso pueblo de Abrucena. A pesar de que la tarde se presentó desapacible, la convocatoria fue un éxito, reuniendo a más de cincuenta personas en el aforo, dispuestas a escuchar y aprender.
Entendiendo el dolor crónico Durante su exposición, el doctor nos ayudó a comprender qué es exactamente el dolor crónico: aquel que se prolonga de tres a seis meses, persistiendo más allá del tiempo normal de curación. Es una realidad muy frecuente que afecta a más del 50 % de la comunidad.
Para ilustrarlo, se habló de la escala clínica que mide el malestar del 0 al 10 (débil, fuerte y muy fuerte). Sin embargo, en un guiño simpático a nuestra tierra almeriense, no podía faltar ese nivel supremo e irresistible que aquí todos conocemos como el dolor "qué pa qué".
Este malestar ataca diversos frentes de nuestro cuerpo:
Articulaciones: rodillas, caderas y hombros.
Columna: zonas cervical, dorsal y lumbar.
Nervios: manifestándose en neuropatías y molestos hormigueos.
Músculos: a través de tensión y contracturas.
En el caso de las personas mayores, las causas subyacentes más comunes suelen ser la artritis (inflamación y desgaste articular), la osteoporosis (pérdida de densidad ósea), lesiones en el sistema nervioso o, simplemente, los cambios fisiológicos propios del envejecimiento.
El impacto más allá de lo físico El impacto del dolor crónico es profundo. No solo dificulta la movilidad y la autonomía en el día a día, sino que golpea directamente el bienestar emocional. Un dolor constante es terreno abonado para la ansiedad, la depresión y el aislamiento social.
Estrategias para recuperar el control Afortunadamente, el doctor Llave nos ofreció un mapa de estrategias para dominar el dolor. La premisa fundamental es clara: el diagnóstico temprano por parte de un especialista es clave. Sentir dolor continuo no es "lo normal" y, con la atención adecuada, el sufrimiento es evitable.
El tratamiento debe abordarse desde varios frentes:
Cuidado médico y físico: Combinar tratamientos farmacológicos con terapias físicas y apoyo psicológico.
Movimiento: El cuerpo necesita moverse para aliviar el dolor. El ejercicio adaptado, como la natación, caminar o el yoga, es un gran aliado.
Hábitos saludables: Cuidar la vida social, mantener una dieta equilibrada y velar por una buena calidad del sueño son factores que mejoran drásticamente la calidad de vida.
Adaptación del entorno: Como bien se destacó en la charla, "Un hogar seguro es un hogar sin miedo". Esto implica adaptar el hogar a nuestras necesidades: instalar ayudas técnicas, reformar el baño para hacerlo accesible, asegurar una buena iluminación y utilizar mobiliario ergonómico.
El encuentro, apoyado por una presentación ilustrativa, culminó con un turno de preguntas. El doctor contestó con soltura, paciencia y cercanía a todas las dudas planteadas por los asistentes.
El gran mensaje que nos llevamos a casa de esta enriquecedora tarde en Abrucena fue un llamado a la acción: busca siempre ayuda médica profesional y apóyate en los tuyos. El dolor puede ser parte de la vida, pero no tiene por qué ser el protagonista.
Antonio González Padilla
Secretario Asociación Crecimiento Humano
sábado, 28 de febrero de 2026
Plaguicidas, medio ambiente y salud: una lección desde el corazón del campo
El profesor comenzó explicando que los plaguicidas, también llamados fitosanitarios, son productos químicos diseñados para proteger los cultivos de insectos, hongos, malas hierbas o roedores, y que, utilizados correctamente, contribuyen a un mayor rendimiento agrícola. Sin embargo, señaló, su eficacia debe equilibrarse con la seguridad para las personas, los animales y la flora útil del entorno. Se presentan bajo diversas formas: polvos, granulados, líquidos emulsionables o aerosoles, adaptados según el tipo de aplicación.
Ningún plaguicida es inocuo, recordó Lozano. Todos encierran un grado variable de toxicidad que obliga a un estricto etiquetado con símbolos de peligro y frases normalizadas de riesgo (R) y de seguridad (S). Así, el etiquetado no es solo un requisito legal, sino una guía esencial para la protección del usuario. La toxicidad se mide por la DL50, o dosis letal media, y se distingue entre efectos agudos —tras una exposición intensa y breve— y crónicos, resultado de exposiciones repetidas a dosis pequeñas. La llamada Ingesta Diaria Aceptable (IDA) marca la frontera de seguridad en la dieta habitual.
A este conocimiento técnico debe añadirse la prudencia: quienes manipulan plaguicidas deben emplear equipos de protección individual (EPIs). Gafas, guantes, botas, mascarillas y trajes impermeables conforman la barrera preventiva que salva la distancia entre el conocimiento y el riesgo. Los filtros de los respiradores, precisó el profesor, se clasifican según el contaminante, y su duración depende no solo del material, sino de la concentración del tóxico y las condiciones ambientales.
En su recorrido por los principales tipos de estos productos —insecticidas, fungicidas, herbicidas, rodenticidas—, Lozano recordó que la red internacional Pesticide Action Network (PAN) ha identificado una alarmante “docena sucia” de plaguicidas altamente peligrosos. Entre ellos se cuentan el DDT, el lindano, el paratión o el paraquat, compuestos cuyo poder residual y persistencia ambiental los convierten en una amenaza para los ecosistemas y la salud global.
Los plaguicidas, explicó, pueden alterar la estructura del suelo, filtrarse a los acuíferos y dejar residuos en los alimentos si no se respetan los plazos de seguridad entre su aplicación y la cosecha. Por ello se establecen límites máximos de residuos y normas estrictas de control. Cuando esas barreras se rompen, las consecuencias sanitarias pueden ir desde intoxicaciones agudas a efectos neurológicos o cardíacos, dependiendo del tipo de sustancia.
Finalizada la exposición, los alumnos participaron con entusiasmo, compartiendo experiencias personales del trabajo agrícola y planteando dudas prácticas sobre el uso seguro de los plaguicidas. El profesor Lozano respondió con claridad, sabiduría y la cercanía de quien no solo enseña, sino que comprende la realidad del campo.
Así transcurrió una jornada de aprendizaje vivo, donde la ciencia y el compromiso rural se dieron la mano para recordarnos que la salud del ser humano y la del planeta comparten una misma raíz: el respeto por la tierra y el conocimiento responsable de sus recursos.
miércoles, 18 de febrero de 2026
viernes, 30 de enero de 2026
Primeros auxilios y Reanimación Cardiopulmonar
En el Centro Cultural de Abla lleno de entusiasmo, la Universidad Abierta del Río Nacimiento, dio un nuevo paso en su apuesta por la formación en salud comunitaria, con una actividad-taller dedicada a los primeros auxilios y a la reanimación cardiopulmonar básica. A pesar de la tarde desapacible, marcada por el frío, el viento y la lluvia, los alumnos respondieron con interés y participación activa.
La sesión se abrió con la intervención de la Lic. Isabel Fernández Lao, que introdujo a los asistentes en los primeros auxilios ante situaciones de emergencia, recordando el artículo 195 del Código Penal y la obligación legal y moral de socorrer. Sobre esta base presentó el esquema P.A.S. (Proteger, Avisar, Socorrer), insistiendo en la importancia de mantener la calma, no mover al accidentado y realizar una exploración primaria de los signos vitales —consciencia, respiración, pulso— seguida de una exploración secundaria de los síntomas. A continuación, explicó y mostró la Posición Lateral de Seguridad y ofreció pautas claras para la actuación ante traumatismos, heridas leves y graves, quemaduras y atragantamientos.
El Dr. Pablo J. Segura tomó el relevo para presentar la denominada “cadena de supervivencia”,subrayando sus cuatro eslabones fundamentales: reconocimiento precoz y petición de ayuda, RCP precoz y desfibrilación, soporte vital avanzado y cuidados posteriores, y recuperación orientada a preservar la calidad de vida. Esta secuencia, explicó, es decisiva para aumentar las posibilidades de sobrevivir a una parada cardiorrespiratoria.
Posteriormente, el Dr. Antonio C. Pérez desarrolló la parte teórica de la RCP básica en adultos, detallando la correcta realización de las compresiones torácicas: localización de las manos en el centro del pecho, postura adecuada del reanimador, profundidad, frecuencia y reexpansión del tórax. Completó su intervención con las ventilaciones de rescate y el uso del desfibrilador externo automático (DEA), antes de pasar al entrenamiento práctico con los maniquíes.
Uno de los momentos que más interés despertó entre el público fue la actuación ante el atoramiento en adultos, por tratarse de un accidente doméstico muy frecuente. Se enseñaron los tres movimientos básicos recomendados: los golpes en la espalda, la maniobra de Heimlich y la alternancia entre ambos, que algunos asistentes pudieron practicar bajo supervisión.
La sesión concluyó con una demostración final del uso del desfibrilador sobre un maniquí, que permitió integrar los contenidos trabajados durante la tarde. A la salida, el tiempo seguía tormentoso y la noche abrazó a los participantes con el viento silbando entre los árboles y la nieve blanqueando la sierra, en contraste con el clima de colaboración y aprendizaje vivido en el interior del Centro Cultural.
Con iniciativas como esta actividad-taller, la Universidad Abierta del Río Nacimiento y el Centro de Salud de Abla, acercan a la población conocimientos y habilidades esenciales para actuar ante emergencias, fomentando una cultura de prevención y de responsabilidad compartida en materia de salud. La buena acogida de esta actividad anima a seguir programando nuevas sesiones formativas que permitan a la ciudadanía “aprender juntos a salvar vidas”.
Antonio González Padilla
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Doce campanadas marcan el ritmo de nuestras vidas
Doce campanadas marcan el ritmo de nuestras vidas. Con ellas despedimos el año viejo y abrimos la puerta al nuevo. Es, al fin y al cabo, una convención cultural: medimos el tiempo porque no podemos detenerlo. Lo llenamos de deseos, promesas y ensueños, porque la vida sigue y hay que hacerla más ligera. Tratamos de llenar el vacío de la existencia con algo que nos ilusione y, tal vez, nos regale la sorpresa de lo inesperado. El pasado, por inmutable, ya no nos pertenece. El presente, a menudo, nos incomoda porque exige demasiado. Así que nos refugiamos en el futuro, ese territorio donde proyectamos nuestros sueños y esperanzas. Esta noche, mientras aguardamos las doce campanadas, tengamos en la mente y en el corazón a nuestros seres queridos que ya no están entre nosotros. A nuestros hermanos más afectados por la DANA de Valencia. Para ellos comenzará un “Año Nuevo” verdaderamente nuevo, donde puedan conseguir esas promesas frustradas. Ojalá la novedad consista en sacar el lodo —físico y moral— que pesa sobre sus vidas: amargura, desencanto, frustración… ese lodo que ahoga el corazón por la pérdida de un ser querido cuya ausencia nada puede reparar. Y a todos aquellos -mujeres y hombres- que han sido víctimas de la sin razón, el desamor, la incomprensión... Que nuestro deseo sea solidario, sincero y libre de intereses, lejos de las promesas vacías. ¡No los olvidemos!Esta noche correrá el champán y comeremos las uvas entre abrazos, promesas y parabienes —con la sola excepción de no hablar de política; tiempo habrá el próximo año—. En torno a la mesa repasamos nuestras listas de buenos deseos: salud, trabajo, paz y entendimiento, tanto entre los nuestros como entre los de más allá. No faltará quien piense también en nuestro País, deseando que encuentre solución a sus problemas más profundos. Unos celebrarán en la calle, entre risas, música y matasuegras. Otros lo harán en casa, junto a la familia, con la televisión como fondo y la cama cerca para descansar. Mañana será hermoso madrugar, pasear por las calles aún dormidas y respirar el aire frío, con la única preocupación de que los nuestros regresen sanos y salvos a casa. No olvidemos a quienes trabajan por nuestro bienestar incluso en esta noche de fiesta: médicos, enfermeros, bomberos, policías, técnicos y tantos otros profesionales que velan por nuestra seguridad. A todos ellos, nuestra gratitud. Hoy es día de reflexión. De hacer balance de lo que se va, admitir errores y prometer —una vez más— que seremos mejores. Quizás tropecemos de nuevo, pero lo importante es saber levantarse. Porque así somos: frágiles, persistentes, humanos. Solo resta desearles a todos un feliz año 2026. ¡Que al llegar el próximo diciembre podamos mirarnos y felicitarnos de nuevo por seguir aquí, juntos, compartiendo esperanza y vida!Antonio González Padilla
lunes, 29 de diciembre de 2025
INTRODUCCIÓN
Este enfoque adquiere especial relevancia en el contexto del “Primer encuentro de Fe, Testimonio y Compromiso”, sobre los Siete Varones Apostólico, que ha tenido lugar en Abla el 29 de noviembre de 2025. Si bien reconocemos la imperfección e insuficiencia de estas páginas, nuestro deseo hubiera sido desarrollar y ampliar los argumentos, insertándose en un esquema más extenso y profundo. Sin embargo, conscientes de la brevedad y las limitaciones derivadas del tiempo, presentamos estas reflexiones como punto de partida y bosquejo. Son, en definitiva, una invitación abierta a profundizar y dialogar sobre este hecho trascendental de la iglesia primitiva: cómo perdura y se transmite la gracia, la autoridad y la fe apostólica en la historia y qué implicaciones tiene este fenómeno en la vida y misión eclesial en nuestros días. Esta perspectiva permite integrar la historia, la tradición y el compromiso actual en una misma línea de reflexión, centrando la atención en la cadena viva de fe y ministerio que sostiene la identidad de la Iglesia desde los apóstoles hasta hoy.
El concepto de representación que subyace en la misión apostólica halla sus raíces en una tradición jurídica y religiosa muy antigua. Quien era investido de poder o autorización se convertía, en sentido jurídico y personal, en el representante mismo de quien lo enviaba. Este principio quedó consagrado en la tradición rabínica mediante el adagio: “El enviado de un hombre es como el mismo hombre” (cf. Ber 5,5; cf. Jn 13,16). Tal afirmación no constituye una simple expresión figurativa, sino la formulación de un régimen jurídico-semítico de gran antigüedad, según el cual el enviado participaba de la autoridad y dignidad del mandante.
En este marco adquiere plena significación la institución de la "Saliah" (enviado), cuyo trasfondo ilumina la praxis veterotestamentaria relativa al mensajero y al embajador. El enviado de un rey, por ejemplo, se entendía como representante legal y personal del soberano distante, de modo que su palabra y sus gestos no tenían un valor meramente individual, sino que manifestaban la autoridad de la instancia de la que provenía. Así se explica el gesto narrado en 1 Sam 25,40, donde Abigail honra a los mensajeros de David, reconociendo en ellos, de manera representativa, la dignidad del propio rey. No obstante, esta concepción no elimina la sujeción ontológica del enviado: el embajador, a pesar de la relevancia de su misión, seguía siendo siervo de su señor (1ª Sam 25,41).
A partir de este trasfondo, puede afirmarse que la misión apostólica, en su estado veterotestamentario, revestía el carácter de una actividad personal en la que el apóstol no actuaba en nombre propio, sino como extensión viva y efectiva de la autoridad de quien lo había enviado. De ahí que su función no deba entenderse como un mero encargo ocasional, sino como la actualización de la representación misma del remitente en la persona y obrar del enviado.
Sobre el número doce, formado por el colegio apostólico, se fundamenta en las palabras de Pablo (Rom 16, 7ss), donde parece ser que tiene relación con Israel, el pueblo de las Doce Tribus y lo más probable es que se refiera al nuevo pueblo de Israel, fruto de la predicación cristiana y su consumación en Reino de Dios:
Una vez estudiado el significado de apóstol en el Nuevo Testamento y la colegialidad apostólica cabe preguntarse: ¿el título de apóstol lleva implícito el poder de gobernar a la comunidad con autoridad? Vimos anteriormente el carácter de "misión" que acompaña al apóstol, igualmente el ser "testigo" del Jesús resucitado. Para resolver este problema analizamos algunos textos del Nuevo Testamento que nos puedan dar una fundamentación del carácter de autoridad que lleva consigo el ser apóstol.
Primeramente en Mat 16,1ss, vemos como Cristo delega su poder como primado a Pedro ¿también a los Doce como Colegio Apostólico? Aunque este texto es muy discutido en su historicidad, se sabe con certeza que es histórico y que estas promesas eternas no solo valen para la persona de Pedro, sino también para sus sucesores; si bien esta consecuencia no está explícitamente indicada en el texto, es sin embargo legítima, si se atiende a la intención manifiesta que tiene Jesús (ipsissima verba Iesu) de proveer el futuro de su Iglesia con una institución que no puede desaparecer con la muerte de Pedro.
Veamos lo que dice Hans Küng acerca de su historicidad: "Las palabras no fueron de Cristo, sino creación de la comunidad cristiana -según manifiesta R. Bultmann- aunque primeramente esto no parece psicológicamente posible. Además el texto no puede eliminarse tan fácilmente del Evangelio de Mateo. Es como el puente por el que el evangelista une a Cristo con la Iglesia" ( Hans Küng, La Iglesia O. c. ) Se profundiza en la idea central en la teología de Rudolf Bultmann quien sostenía que el mensaje y la teología cristiana no debían fundamentarse en la búsqueda del Jesús histórico, sino en el “Cristo de la fe” que la comunidad primitiva creó y proclamó a través de su interpretación y vivencia del Evangelio. Dificultad para conocer el Jesús histórico. La Historia fáctica sólo nos llega por la tradición y se nos hace comprensible por la interpretación. En Mateo 18, ss, encontramos muchos conceptos importantes sobre la comunidad eclesial, especialmente en el v. 18 en el que Cristo concede autoridad a los Doce para que ejerciten su ministerio. Cfr. Ernst Kasemann, El Jesús histórico y el Cristo de la fe, Gottingen, 1964, I (187-214). "Según la concepción de Mateo en la Iglesia se da un pleno poder otorgado por Dios que afecta a la salvación y que, según la concepción del evangelista, está conferido a personas determinadas sin que ellas las obtenga de la comunidad" (Schnackenburg, La Iglesia en el Nuevo Testamento , págs. 93-94)"
La iniciativa salvífica procede de Dios. Es Dios mismo quien delega su autoridad al Colegio Apostólico, en orden al ministerio que desempeña a la comunidad del Pueblo de Dios. Autoridad pues recibida del mismo Dios en orden a la salvación y que tiene en Él mismo. En Mat 18,18;, queda probado que Jesús se dirige a los Doce, ya que la forma plural que usa el texto no tiene otro sentido que éste. Pero no solo -según Schnackenburg- esta autoridad ha sido concedida a los Doce, sino también a los pastores de la Iglesia continuadores en la obra apostólica. (Luc 15,3-7; Mat 18,12-14;). También en (Jn 20, 21-23 encontramos el aspecto "misionero-enviado" de los apóstoles, a los cuales se les confiere poder para perdonar o retener los pecados. La misma misión y poder que Cristo ha recibido del Padre, es la conferida a los apóstoles. "El apóstol es el plenipotenciario de Cristo. No es por ende solamente testigo del Señor crucificado y resucitado (esto lo eran los más de quinientos hermanos de 1 Cor 15,6 ) sino que es también enviado y dotado de plenos poderes por este Señor mismo. Eso sí, no tienen de por sí, como Jesús mismo los poderes; en el nombre de Cristo lo ha recibido y solo en su nombre los puede ejercer." (Hans Küng, La Iglesia. O.c.)
Por la predicación del Evangelio el apóstol despierta la fe y reúne la comunidad de los creyentes. Así pues, por razón de su mensaje, recibido de Cristo, tiene poder para fundar y gobernar Iglesias. Su ministerio lo ejercita por medio de la exhortación y sobre todo por la palabra. Es la base donde la nueva comunidad de creyentes se apoya. En su oficio principal era el de presidir la asamblea eucarística, reuniones en las que se discutían problemas de la reciente Iglesia; cartas de orientación, y sobre todo por medio de la oración y los sacramentos unir a la comunidad con Dios. En el nacimiento de la nueva Iglesia, el día de Pentecostés, Pedro y los demás discípulos obran señales y prodigios ( Hch, 2, 41-7 ) en nombre del Señor resucitado. En ( Hch 15, 1-35 ) son los apóstoles en Pedro quienes presiden el primer concilio de la Iglesia en el cual se manifiesta claramente la autoridad de Pedro sobre el problema de la circuncisión. De este modo, como enviados y testigos del Señor muerto y resucitado, como predicadores maestros y fundadores y cabeza de la Iglesia, los apóstoles son los primeros en la Iglesia. "Sin el testimonio y el ministerio de estos primeros testigos públicos, autorizados por Cristo mismo, sin el testimonio de Pedro y de los Doce, también de Santiago y de los otros apóstoles hasta el postrero Pablo, la Iglesia no hubiera podido subsistir. La Iglesia estriba en el testimonio y ministerio apostólico, que son anteriores a ella misma. Los apóstoles son comienzo y piedra fundamental de la iglesia, cuyo cimiento, piedra y cimera es Cristo mismo. En este sentido, pues, la Iglesia está construida sobre el fundamento de los apóstoles ( y de los profetas ), pero la piedra angular es el mismo Cristo Jesús." ( Eph 2, 20; Mat 16,18;) Hans Küng, La Iglesia. O.c. )
Los obispos son los sucesores de los apóstoles como maestros y pastores; su tarea principal es la de regir y apacentar las iglesias por ellos fundadas. No poseen el carisma de revelación de constituir una tradición normativa, sino que están sometidos a la tradición. La sucesión, en la autoridad del ministerio, es una sucesión del colegio a colegio, de grupo estable y estructural a grupo constituido; por eso cada obispo es, en el orden del ministerio pastoral, sucesor de los apóstoles. Hay igualmente una gran diferencia entre apostolado y episcopado: el apostolado pone a Jesucristo como fundamento; su elección y consagración provienen del mismo Señor. Los obispos son elegidos y consagrados por los apóstoles junto con la cooperación de la comunidad y la gracia del Espíritu.
Es difícil probar tanto históricamente como por la Escritura la sucesión apostólica. Sería constitucionalizar y pedir a los textos de la Escritura algo que no se planteaba en ellos. No obstante creemos que la tradición aquí supera a la Escritura y que se ha operado una transmisión total de la realidad de los ministerios que estructuran la Iglesia, más allá de lo que los textos puedan indicarnos sobre el tema. Por los textos de Mt 18 ss y Act 1,8, se descubre la conciencia que la Iglesia tenía de ser continuadora, en el espacio y en el tiempo, del mandato de Jesús a los Doce. Así Pablo comienza por establecer presbíteros en las comunidades que fundó.
Hay un momento decisivo en la Iglesia Primitiva que marca un cambio de rumbo; es el momento en el que los apóstoles consideran próxima su desaparición y otros han de sustituirlos. Su tarea será la de dirigir a las comunidades, conservar el depósito y asegurar la continuación de la obra apostólica. Estos serán los obispos, que Pablo nos habla en las epístolas de Timoteo y Tito, y a los cuales constituyen como tales mediante la imposición de las manos (1ª Tim 5,22).
Ya en la época de Ireneo, Tertuliano, e Hipólito, la sucesión era cosa adquirida. Entonces surge la pregunta: ¿Es esta homogénea con los testimonios bíblicos? ¿Hemos establecido en concreto la sucesión apostólica o simplemente la sucesión de un ministerio instituido por los apóstoles? Por Clemente conocemos que existe la unidad de misión y de función, en Tito y Timoteo, los hombres probados de que habla Clemente, "hacen lo que habían hecho los apóstoles". Esto significa unidad de misión, de mandato y de función en el orden pastoral, estas comportan una autoridad entendida aquí como servicio y comunicada por Dios de forma actual ("acontecimiento") y horizontal ("institución").
Para los Padres de los siglos II y III la autoridad ejercida por los obispos en su ministerio es la que fue dada a los apóstoles y que el Espíritu comunicado en su orientación es el mismo del que fue investido Cristo. Así se mantendrá a través de la Edad Media que el episcopado tiene su fuente en Pedro, lo cual atestigua su unidad indivisa al mismo tiempo que su apostolicidad.
La sucesión apostólica se opera por la consagración y la imposición de las manos. Supone la consagración en orden a realizar el verdadero culto sacramental. Sin embargo, la sucesión apostólica está constituida, como apostolicidad formal, por la conservación de la doctrina transmitida desde los apóstoles. Es esencialmente unidad, unidad de misión e identidad de doctrina, que tiene su concreción en la identidad de fe con la Iglesia. La misión de enseñar del obispo constituye y comporta la función de autoridad, pero esta no es por sí misma su propio criterio, sino que está condicionada por su fidelidad a la tradición de los apóstoles. El criterio de la ortodoxia del obispo será la unión comunión con Roma y las demás Iglesias en la fe, en las costumbres, y en los sacramentos.
Igualmente podemos decir que es toda la Iglesia, el Pueblo de Dios, la que sucede a los apóstoles. Así lo manifiesta la Lumen Gentium: El Espíritu Santo “es para la Iglesia entera, para todos y para cada uno de los creyentes el principio de su reunión y de su unidad en la doctrina de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y las oraciones" (L.G. 13)
Así la sucesiones apostólica va ligada a la continuación de la Iglesia hasta el final de los tiempos: “Esta divina misión confiada por Cristo a los apóstoles ha de durar hasta el fin de los siglos, puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir es en todo tiempo el principio de vida para la Iglesia. Por lo cual los apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de establecer sucesores” (LG 20). De aquí no es difícil deducir los dos elementos de la sucesión apostólica: en primer lugar el Evangelio, y luego los evangelizadores que tienen el cargo de transmitirlo.
La apostolicidad de toda la Iglesia se realiza en la permanencia en la fe de los apóstoles. No se puede admitir -dice H. Küng- una sucesión de las funciones jerárquicas, solamente, sino también una sucesión en los servicios y ministerios. Especialmente reivindica en particular el lugar de los carismas y la sucesión en las funciones de profeta y de doctor. Ha de haber conformidad entre fe y servicio. No conviene reducir a los apóstoles a la función de testigos únicos, olvidando el aspecto de poderes, ni reducir la presencia del testimonio apostólico actual a los escritos del N T, olvidando la tradición real.
Apostolicidad de doctrina y apostolicidad de ministerio deben ser mantenidas juntas en la teología de la apostolicidad. En los siglos XIV y XV se había creado una disociación entre lo ontológico y lo jurídico. Se había desarrollado, por una parte un magisterio de tipo escolar y doctoral, y por otra, una autonomía de lo jurídico, atribuyendo un carácter absoluto al ejercicio de las estructuras de autoridad. Hoy día se redescubre la interioridad de la fe en el sacramento. Igualmente, habría que hacerlo con la consagración sacerdotal y episcopal, se descubriría la relación entre misión y consagración, entre predicación y actividad cultual.
Las Cartas de S. Pablo incluye las bases conceptuales de la nueva religión, que debían servir en los siglos siguientes, como puntos constantes de referencia de las disputas teológicas y de las interpretaciones filosóficas. Estas bases o principios conceptuales pueden resumirse de la siguiente manera:
- La doctrina del pecado original y de la redención mediante la fe en Cristo (Rom, 5,12)
- El concepto de gracia como acción salvadora de Dios por medio de la fe (Rom 5,15,16)
La filosofía griega y la filosofía cristiana están profundamente ligadas a sus contextos religiosos y culturales, pero también muestran diferencias esenciales en relación con la religión. La filosofía griega nace en un contexto donde la religión y la mitología son parte integral del discurso explicativo del mundo, aunque con el surgimiento del pensamiento filosófico se produce un proceso de ilustración racional que racionaliza y depura esas creencias mítico-religiosas sin eliminarlas del todo.
La filosofía cristiana se distingue radicalmente de la filosofía griega tradicional en la cual la relación entre Dios y el cosmos era concebida desde una relación natural sujeta al determinismo lógico y a una visión circular y cerrada de la historia. En contraste, el cristianismo se fundamenta en una revelación histórica: la fe en el Dios encarnado que irrumpe en el curso temporal de la humanidad. En esta perspectiva, la historia recobre su sentido teológico profundo. Ya no es un ciclo eterno inmodificable, sino el escenario donde actúa un Dios providente que se ocupa y preocupa directamente de los asuntos humanos. Más que eso, ese mismo Dios ha entrado personalmente en ella mediante la Encarnación, acontecimiento que la cosmovisión cristiana considera trascendental y fundamental: la kénosis divina, el vaciamiento y la entrada de Dios en la condición humana. Lo natural y lo sobrenatural se encuentran sin confundirse. No hay mezcla panteísta, sino una relación única en su género: entre creador y criatura, entre Dios y el hombre, caracterizada por la unión sin separación y confusión. Y es que el núcleo más íntimo de la religión cristiana no reside en un mensaje abstracto, ni en un libro sagrado como es islam, ni en el cumplimiento riguroso de una ley como en el judaísmo, ni siquiera en una vida ejemplar como en el budismo. Su centro es la Encarnación de una Persona: la Segunda de la Santísima Trinidad, que asume la naturaleza humana en el vientre de una mujer, María, e irradia su presencia en el seno de una familia, la de José. De este modo, de este modo lo eterno toca lo temporal, lo infinito habita lo finito, y la historia humana adquiere una dignidad y un propósito que la filosofía griega jamás pudo concebir.
Este proceso se prolonga en la Iglesia, en cuanto depositaria del depósito de la Revelación y de la fe, en comunión con los Apóstoles y con sus sucesores, los llamados Varones Apostólicos. En ellos, la transmisión de la Revelación no se limita a una simple conservación material de doctrinas, sino que implica la custodia viva del "Depositum fidei" en la Tradición, bajo la guía del espíritu Santo. de este modo, la Iglesia permanece vinculada a los orígenes apostólicos y garantiza la continuidad histórica y doctrinal de la Revelación.
La verdadera sucesión apostólica implica una continuidad histórica verificable en el ministerio y en la transmisión de la fe apostólica. (cfr. LG 20) Cuando faltan fuentes documentales o evidencias sobre los supuestos sucesores -como ocurre con los siete varones apostólicos- no puede afirmarse con certeza histórica su vinculación directa al apostolado original por más que la tradición lo repita.
La tradición eclesial puede mantener el recuerdo y la veneración de ciertos varones “apostólicos” como primeros evangelizadores, pero esto responde más a una lectura espiritual y simbólica concreta de los orígenes que a una garantía histórica concreta de sucesión histórica formal. No existe autoridad apostólica “de hecho” sin identidad de fe, comunión eclesial y fundamento en la transmisión histórica, lo que en estos casos no puede demostrarse con rigor documental.
Al exponer el caso de los siete varones apostólicos, debe aclararse que la sucesión apostólica no se basa solamente en la tradición oral o la veneración local, sino en datos históricos verificables, transmisión fiel de la doctrina y comunión efectiva con la Iglesia. En ausencia de fuentes históricas y documentación acerca de su ministerio y fe, la Iglesia reconoce su memoria como manifestación piadosa de los orígenes, pero no como prueba de sucesión apostólica estricta. Esta distinción es clave para una exposición académica rigurosa y para la comprensión teológica del concepto de sucesión apostólica desde la perspectiva católica.
Para terminar, me gustaría que nos quedáramos con esta imagen: la sucesión apostólica como una cadena viva, una corriente ininterrumpida de gracia, de memoria y de comunión que nos enlaza, con los Apóstoles y con Cristo mismo. Porque aunque la historia, a veces, nos oculte documentos o nos deje vacíos difíciles de llenar, hay algo que nunca ha faltado: la fe ardiente del Pueblo de Dios y la fidelidad humilde y perseverante de la Iglesia. Hoy, como ayer, el Espíritu sigue actuando, susurrando llamados, levantando nuevos testigos y manteniendo encendida la llama que comenzó en el corazón de los Apóstoles.
Esa cadena no termina en ellos ni se detiene en nosotros: continúa cada vez que alguien transmite la fe con alegría, con ternura y con amor. En esta memoria recordamos a los Siete Varones Apostólicos -en especial a San Segundo- que trajeron la fe a nuestra tierra. Ellos fueron un ejemplo de apostolicidad, de palabra encendida y testimonio valiente de la Resurrección. Pero sobre todo, son testigos de esperanza: esperanza no solo para nosotros, sino para toda la Iglesia, para nuestra comunidad creyente.
Será por nuestra generosidad, por nuestro ejemplo y compromiso, cómo podemos imitar a san Segundo y hacer que nuestra Iglesia de Abla, sea una Iglesia viva, luminosa, ardiente de fe y de amor. Ahora nos toca a nosotros hacer exactamente lo mismo que hicieron ellos: custodiar esta fe, vivirla con coherencia, anunciarla con alegría, transmitirla con amor, para que la cadena viva de la sucesión apostólica siga extendiéndose hacia las generaciones que vendrán después de nosotros.
BIBLIOGRAFÍA