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viernes, 22 de febrero de 2013

!Qué bonita es!



 

La Iglesia es el alma de mi pueblo.  La iglesia del pueblo que me vió nacer, vivir y tal vez morir, es algo especial en mi vida. Mi casa se encuentra en la "Calle del pié de la Torre"; mi pequeña casa se cobijaba bajo la sombra de aquella vieja mole de ladrillo rojo, ancestral testigo de acontecimientos pasados, como muestran sus paredes color ocre, sus agujeros donde anidan los pájaros, y en donde aún se muestran sus heridas sin restañar. Allí crecí bajo el signo del dualismo,  al amparo y protección de  la iglesia y el temor de la vieja torre dispuesta a caer, vencida por la edad y los achaques del tiempo. Mi vida trascurría entre la escuela y la iglesia; entre mi formación en el "espíritu nacional" de la escuela y los cantos de la misa gregoriana; entre misales y catecismos; entre la leche en polvo de los Americanos y el vino de misa (ser monaguillo tenía sus réditos); entre lo inmanente y lo trascendente. Hubo que derribar la vieja torre porque ya no resistía más. Agrietada y desmoronada a pedazos, comenzó su declive en la guerra civil, cuando  "los rojos" convirtieron en metralla su campana mayor: la Santa María; aquella dejó de ser sonido de encuentro para convertirse en rugido de muerte y carne de cañón. Nunca llegué a conocer la torre de mi pueblo, la derribaron antes de mi nacimiento. La iglesia que yo conocí aparecía sin torre y oculta entre las casas de su entorno, pero no por eso a mi me parecía menos bonita. Sentía que era la casa de todos, grande,  hermosa, humilde, sin pretensiones de superioridad. Su silueta dorada solo era visible desde el sur, y aunque mutilada en su altura, luchaba por descollar sobre las casas blancas que la rodeaban, extensa y majestuosa, cambiando de tonalidad según era bañada por el sol del mediodía o del atardecer. Bajo sus viejas tejas anidaban los vencejos y golondrinas que las utilizaban como plataforma de sus mortíferos ataques en una guerra a vida o muerte, en un coro polifónico de trinos y lamentos. Allí aprendí el catecismo y las palabras latinas, incomprensibles para mí, para ayudar a misa como acólito, montar los catafalcos de duelo y encender incensarios de acción de gracias: La vida y la muerte siempre juntas, "Deus sive natura". Pero lo que mas me gustaba era tirarle de las trenzas a las niñas, cuando rompían las filas de las procesiones, rompiendo el orden y la armonía, porque me tomaba muy en serio mi oficio, como no podía ser de otra manera. Al alba, ayudaba a misa, bajo  la atenta mirada del Padre Eterno, -un  viejo venerable con barba blanca- que presidía el retablo de la Capilla del Sagrario, la bola del mundo en una mano y el cetro en la otra; imprimía en mi conciencia la idea de Dios de forma plástica, que ya nunca me abandonará. Escoltado por San Miguel pisoteando al maligno y bajo la mirada de la Virgen de los Dolores, en su camarín, forjé mis convicciones religiosas de juventud, que aún permanecen en mi como el primer día. Hoy han pasado muchos años desde que sucedieron estas experiencias, pero el recuerdo las reaviva como si fueran ayer. La iglesia ha sido restaurada, tanto en su interior como en el exterior; tiene una nueva torre y un nuevo reloj, adaptándose a los nuevos tiempos en los que todo se mide. Me quedo con mi antigua iglesia, aquella que  me acompañó en el dolor y despedida de mis seres queridos, tratando de dar calor y luz en aquellas frías y oscuras noches, donde el alma se busca y no se encuentra; pero también en las alegrías de aquellos días de dicha, que marcaron mi vida; Sí, aquella que acogía a todo el pueblo, tratando de mitigar las penurias de "este valle de lágrimas", mediante la solidaridad, el compromiso y el perdón de sus gentes. Me gusta contemplar la iglesia en soledad, cuando está vacía. El silencio y la paz pugnan por imponerse uno al otro en el fondo de mi alma. No hay sitio en el mundo donde me sienta tan feliz y agradezco a la vida por todo lo que me ha dado. Si tuviera que definir  en una palabra la Iglesia de mi pueblo, tengo que recordar la postal que me envió mi madre cuando estudiaba en Estados Unidos, con una frase escrita en el reverso: !Qué bonita es!







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