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martes, 26 de mayo de 2026

Aquella Merendica de mi niñez...

  

Dice el refranero que "cada hijo llega con un pan bajo el brazo". Y no le falta razón si recordamos aquellos años de posguerra en los que toda nueva vida traía consigo brazos para segar, sembrar o cuidar la tierra.La Iglesia acogía ese nacimiento en el agua del bautismo; la familia, en cambio, lo celebraba en torno a la mesa, con un ágape compartido. Porque en los grandes hitos de la vida, la comida trasciende su función de sustento: se vuelve signo, lenguaje, rito. Es el gesto que nos incorpora a la comunidad, que nos reconoce como miembros de un nosotros que nos acoge y nos nombra. 

En las sociedades tradicionales, donde la economía apenas alcanzaba para sostener la vida, se comía lo que daba la estación y el esfuerzo cotidiano. Pero la fiesta abría un paréntesis de abundancia: entonces, lo mejor de la casa salía a la luz, se ofrecía y se compartía. Aún hoy, la mesa sigue siendo el corazón de toda celebración; la gastronomía, un archivo vivo de la memoria y de la identidad. No hay excusa festiva que no convoque a la mesa, ni mesa que no convoque a la fraternidad.La fiesta —esa forma humana de celebrar el paso del tiempo— ha ido transformándose, mezclando tradiciones, adaptándose a cada época y a cada mirada. Cada comunidad la modela a su imagen, le imprime su carácter y la reconoce como propia. Hay fiestas íntimas y públicas, familiares e institucionales; hay una fiesta para cada edad y una edad para cada fiesta. Todas ellas cumplen una función esencial: nos reúnen, nos igualan, nos ayudan a reconocernos y a sostener el delicado equilibrio de la vida en común. Son, en definitiva, una liberación compartida, un respiro necesario frente a la presión de lo cotidiano.Si uno observa con atención cualquier cultura, descubrirá que sus fiestas son su mejor retrato: color, sonido, aroma, sabor, gesto. En ellas se condensa lo que un pueblo ha sido, lo que es y lo que sueña ser. El calendario festivo es, en cierto modo, la biografía de una comunidad: la huella de su historia, de su carácter y de su manera de habitar el mundo.

La Merendica es una de esas fiestas que no necesitan grandilocuencia para ser memorables. Se celebra en Abla (Almería) en la primavera, el sábado previo a Pentecostés, vinculada a las primeras comuniones. La recuerdo —la recordamos— como un tiempo suspendido, cuando el pueblo entero se reunía en “Vista Alegre”, bajo la sombra generosa de los olivos, al borde del camino. No sabemos con certeza cuándo comenzó esta costumbre; acaso nació, sencillamente, del deseo de celebrar en comunidad el paso del niño hacia una nueva etapa de su vida.Porque la primera comunión no era solo un acto religioso: era también un umbral. El niño, hasta entonces protegido por la inocencia, entraba en el territorio de la conciencia moral, de la libertad y de la responsabilidad. Se abría ante él el camino hacia la vida adulta. Como en tantas culturas estudiadas por antropólogos, se trataba de un rito de paso, de incorporación al mundo de los que responden por sus actos.Pero para los abulenses, la Merendica significaba aún más. Era, en tiempos de escasez, el día esperado, el día luminoso en el que todo sabía mejor. No había puchero cotidiano ni caldo repetido: había huevos cocidos, conejo en salsa o en fritá, jamón, salchichón, chorizo, queso, y ese pan de aceite con chocolate que sabía a fiesta verdadera. Todo fruto del trabajo propio, todo ofrecido con generosidad.Aquella comida no era solo alimento: era fraternidad. Cada cual aportaba lo que tenía, y todo se compartía sin distinción. Sobre la tierra, los manteles extendidos dibujan un mosaico de colores donde las diferencias sociales se diluyen. Quizá había rivalidades —el mejor mosto, el mejor jamón—, pero lejos de separar, avivaba la alegría y el ingenio. ¡Nunca supo igual un queso de cabra como en la Merendica! ¡Ni hubo helados más dulces que los que se tomaban al compás de los pasodobles de la banda! Y cuando la tarde empezaba a inclinarse, saciados y contentos, comenzaba el lento peregrinar de olivo en olivo: visitas, abrazos, brindis finales. Aquellas gentes sencillas, labradores de vida sobria y digna, se deseaban buena cosecha y ventura, quizá sin advertir que, en ese gesto humilde, la naturaleza y el hombre se encontraban en su forma más pura. Comer era entonces algo más que nutrirse: era incorporar a la propia vida el fruto de la tierra, del esfuerzo y de la esperanza. 

Hoy, en la calma de la madurez, lejos ya de aquellos días, dejo que la memoria me acerque a mi niñez. La recuerdo con una suave nostalgia, como quien vuelve a saborear algo perdido. El tiempo se llevó aquella edad luminosa, sencilla y dorada, que fue mía y que sé que no regresará.



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