Añoro mi tierra con una tristeza serena que me acompaña en silencio. A cuatrocientos kilómetros de ella, su ausencia se me ha convertido en una presencia constante, como una herida suave que no deja de recordar lo que amo. El ser humano, con el paso de los años, se vuelve hábito y costumbre; y quizá por eso la distancia pesa más cuando la vida ya ha ido dejando su marca en el cuerpo y en el alma. Cuando además el alejamiento no nace del deseo, sino de la enfermedad, entonces la nostalgia adquiere una hondura más honda, más humana, más desgarrada.
Siento mi pueblo cómo se siente la propia piel: no como un lugar lejano, sino como una parte íntima de mi ser. Este largo apartamiento, provocado por un tratamiento inesperado, se me hace interminable. En la gran ciudad echo de menos la tierra viva de la Alpujarra almeriense, ese rincón donde siempre he sabido de dónde vengo y hacia dónde se orientan mis pasos; donde he reconocido quién soy y, quizá, quién deseo seguir siendo.
Allí vi por vez primera la luz tomar color bajo el cielo azul, la blancura de la sierra y el verdor turquesa de los olivos extendidos por el valle. Allí descubrió mi alma el olor de la leña ardiendo junto al hogar, esa fragancia antigua y limpia que parece purificarlo todo lejos del hollín de la ciudad moderna, que se adhiere a las cosas y al espíritu. Allí aprendí a respetar la tierra y el legado silencioso de nuestros mayores, esa sabiduría que no se enseña en las universidades, porque nace de la vida misma, de la experiencia repetida, del paso lento de los años y de la memoria heredada.
Aún resuena en mí ese diálogo pausado al borde de una parada de agua, mientras el agua aguarda, paciente, a rebosar y a llegar a cada planta para calmar su sed. En esa espera está la lección más profunda: que todo lo verdadero necesita tiempo, y que la tierra no entiende de prisa ni de impaciencia, sino de cuidado, de atención y de amor. La urgencia, el apuro y el desasosiego no pertenecen al lenguaje de quien trabaja la tierra con respeto y devoción.
Sí, añoro la brisa de la mañana entre senderos de retama y zarzamoras, la tierra mojada, la caricia del viento al atardecer sobre el rostro fatigado por el esfuerzo. Añoro ese aire limpio que entra en el alma y la reconcilia con su origen.
Volveré a ella. Y mientras no pueda hacerlo con la presencia, lo hago con la memoria, con el recuerdo y con esta añoranza que me devuelve, una y otra vez, a lo que más profundamente amo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario