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domingo, 10 de mayo de 2026

Nostalgia: la tristeza del alma




Añoro mi tierra con una tristeza serena que me acompaña en silencio. A cuatrocientos kilómetros de ella, su ausencia se me ha convertido en una presencia constante, como una herida suave que no deja de recordar lo que amo. El ser humano, con el paso de los años, se vuelve hábito y costumbre; y quizá por eso la distancia pesa más cuando la vida ya ha ido dejando su marca en el cuerpo y en el alma. Cuando además el alejamiento no nace del deseo, sino de la enfermedad, entonces la nostalgia adquiere una hondura más honda, más humana, más desgarrada.
Siento mi pueblo cómo se siente la propia piel: no como un lugar lejano, sino como una parte íntima de mi ser. Este largo apartamiento, provocado por un tratamiento inesperado, se me hace interminable. En la gran ciudad echo de menos la tierra viva de la Alpujarra almeriense, ese rincón donde siempre he sabido de dónde vengo y hacia dónde se orientan mis pasos; donde he reconocido quién soy y, quizá, quién deseo seguir siendo.
Allí vi por vez primera la luz tomar color bajo el cielo azul, la blancura de la sierra y el verdor turquesa de los olivos extendidos por el valle. Allí descubrió mi alma el olor de la leña ardiendo junto al hogar, esa fragancia antigua y limpia que parece purificarlo todo lejos del hollín de la ciudad moderna, que se adhiere a las cosas y al espíritu. Allí aprendí a respetar la tierra y el legado silencioso de nuestros mayores, esa sabiduría que no se enseña en las universidades, porque nace de la vida misma, de la experiencia repetida, del paso lento de los años y de la memoria heredada.
Aún resuena en mí ese diálogo pausado al borde de una parada de agua, mientras el agua aguarda, paciente, a rebosar y a llegar a cada planta para calmar su sed. En esa espera está la lección más profunda: que todo lo verdadero necesita tiempo, y que la tierra no entiende de prisa ni de impaciencia, sino de cuidado, de atención y de amor. La urgencia, el apuro y el desasosiego no pertenecen al lenguaje de quien trabaja la tierra con respeto y devoción.
Sí, añoro la brisa de la mañana entre senderos de retama, paraísos y zarzamoras, la tierra mojada, la caricia del viento al atardecer sobre el rostro fatigado por el esfuerzo. Añoro ese aire limpio que entra en el alma y la reconcilia con su origen.
Volveré a ella. Y mientras no pueda hacerlo con la presencia, lo hago con la memoria, con el recuerdo y con esta añoranza que me devuelve, una y otra vez, a lo que más profundamente amo.



martes, 5 de mayo de 2026

Ángeles en el Subsuelo




Hoy recito este poema
por alguien que perdió la voz,
sean estas letras palabras
que trabadas una tras otra,
expresan un sentimiento
que se convierten en voz,
en canto vivo, en aliento,
que proceden de muy dentro.

Los que llegamos a Triana
este barrio singular,
no lo hacemos por turismo
o su gente sin igual.
Venimos a un gran hospital
llamado: Quirónsalud
Infanta Luisa,
para encontrar la salud
para curarnos de un mal.
Buscamos eso que llaman:
"Esperanza de Triana"
-patrona de una hermandad-
a quien algunos rezamos
con la ilusión de encontrar
sosiego en el caminar. 

En el corazón del mismo,
están "Las de Radioterapia",
son ángeles del subsuelo,
que un día bajaron del cielo
para remediar los males 
de tantos y tantos enfermos.
Son grandes profesionales,
-sin duda son las mejores-
son aquellas que te miran
con ojos enternecedores.
Atentas con los pacientes,
solícitas a escuchar,
a quienes más lo requieren
siempre prestas a ayudar.

La paciencia es su virtud,
con pacientes que preguntan
sin tener que alzar la voz,
pues solo con la mirada
manifiestan su temor.
Preguntas atropelladas
que nacen desde el dolor
por el afán de encontrar
consuelo en su aflicción:
siempre hay una palabra
que exhala como una flor.

Por ello mi agradecimiento
a este equipo excepcional:
ANA, LUCRECIA, PILAR,
iSABEL, ROCÍO, Mª DEL MAR;
por su excelente trabajo,
su simpatía y su encanto,
para que sigan así;
de alguien agradecido,
que las aprecia y valora
y rescata su memoria
de las fauces del olvido.

¡Por todas ellas,
levanto mi copa de vino,
la de un poeta agradecido!


     Antonio González Padilla