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viernes, 29 de mayo de 2026

Batas blancas




Allá entre cuatro paredes 
vacío ante mi mismo
mi cuerpo queda desnudo
despojado de su mundo
ante un abismo inseguro,
con preguntas sin respuesta
camino, en un laberinto oscuro.
En su morada interior
mi cuerpo absorbe emociones
y tiembla en la desazón,
y en su escalera del alma
suben y bajan pasiones 
de alegría, tristeza y temor.

De pronto suena mi nombre:
¡Antonio, vamos allá!
Recostado en horizontal 
cuatro rostros me observan 
y con amabilidad
sujetan con una máscara
mi cuello y mi cabeza
bajo una asombrosa máquina
que envuelve mi soledad.

Allí quedo inmovilizado 
con los ojos apretados
oyendo grados y números
buscando ese lugar acertado
para matar esas células
que un día inesperado
decidieron actuar por libre
fuera de lo acordado.

Después de breves momentos
-que son una eternidad-
me siento tan liberado 
que al escuchar voz humana
recobro mi libertad
por momentos secuestrada.
!Antonio, ya hemos acabado!

Antonio González Padilla


QUIRÓFANOS VERDES

 
Quirófanos limpios y asépticos, instrumental
diverso, ordenado; esperanza en tono verde,
la ciencia a ultranza; lugar de vida y muerte:
la vida o la muerte en contienda desigual.

Paciente que refleja miedo, queriendo huir
con el propósito de no encontrar la nada
y volver a casa a su rutina diaria,
para vivir día a día apegado al existir.

Experiencia extraordinaria la de cruzar esa raya,
sin exigir nada a cambio. ¡Solo con la existencia
prestada!, espera meditada sobre el ser y la nada.

Y despertar con la mirada de ángeles sin cielo;
voz que suena a encanto, con palabras de consuelo:
"hola, nos alegramos de verte en tu anhelo".

                 Antonio González Padilla


martes, 26 de mayo de 2026

Aquella Merendica de mi niñez...

  

Dice el refranero que "cada hijo llega con un pan bajo el brazo". Y no le falta razón si recordamos aquellos años de posguerra en los que toda nueva vida traía consigo brazos para segar, sembrar o cuidar la tierra.La Iglesia acogía ese nacimiento en el agua del bautismo; la familia, en cambio, lo celebraba en torno a la mesa, con un ágape compartido. Porque en los grandes hitos de la vida, la comida trasciende su función de sustento: se vuelve signo, lenguaje, rito. Es el gesto que nos incorpora a la comunidad, que nos reconoce como miembros de un nosotros que nos acoge y nos nombra. 

En las sociedades tradicionales, donde la economía apenas alcanzaba para sostener la vida, se comía lo que daba la estación y el esfuerzo cotidiano. Pero la fiesta abría un paréntesis de abundancia: entonces, lo mejor de la casa salía a la luz, se ofrecía y se compartía. Aún hoy, la mesa sigue siendo el corazón de toda celebración; la gastronomía, un archivo vivo de la memoria y de la identidad. No hay excusa festiva que no convoque a la mesa, ni mesa que no convoque a la fraternidad.La fiesta —esa forma humana de celebrar el paso del tiempo— ha ido transformándose, mezclando tradiciones, adaptándose a cada época y a cada mirada. Cada comunidad la modela a su imagen, le imprime su carácter y la reconoce como propia. Hay fiestas íntimas y públicas, familiares e institucionales; hay una fiesta para cada edad y una edad para cada fiesta. Todas ellas cumplen una función esencial: nos reúnen, nos igualan, nos ayudan a reconocernos y a sostener el delicado equilibrio de la vida en común. Son, en definitiva, una liberación compartida, un respiro necesario frente a la presión de lo cotidiano.Si uno observa con atención cualquier cultura, descubrirá que sus fiestas son su mejor retrato: color, sonido, aroma, sabor, gesto. En ellas se condensa lo que un pueblo ha sido, lo que es y lo que sueña ser. El calendario festivo es, en cierto modo, la biografía de una comunidad: la huella de su historia, de su carácter y de su manera de habitar el mundo.

La Merendica es una de esas fiestas que no necesitan grandilocuencia para ser memorables. Se celebra en Abla (Almería) en la primavera, el sábado previo a Pentecostés, vinculada a las primeras comuniones. La recuerdo —la recordamos— como un tiempo suspendido, cuando el pueblo entero se reunía en “Vista Alegre”, bajo la sombra generosa de los olivos, al borde del camino. No sabemos con certeza cuándo comenzó esta costumbre; acaso nació, sencillamente, del deseo de celebrar en comunidad el paso del niño hacia una nueva etapa de su vida.Porque la primera comunión no era solo un acto religioso: era también un umbral. El niño, hasta entonces protegido por la inocencia, entraba en el territorio de la conciencia moral, de la libertad y de la responsabilidad. Se abría ante él el camino hacia la vida adulta. Como en tantas culturas estudiadas por antropólogos, se trataba de un rito de paso, de incorporación al mundo de los que responden por sus actos.Pero para los abulenses, la Merendica significaba aún más. Era, en tiempos de escasez, el día esperado, el día luminoso en el que todo sabía mejor. No había puchero cotidiano ni caldo repetido: había huevos cocidos, conejo en salsa o en fritá, jamón, salchichón, chorizo, queso, y ese pan de aceite con chocolate que sabía a fiesta verdadera. Todo fruto del trabajo propio, todo ofrecido con generosidad.Aquella comida no era solo alimento: era fraternidad. Cada cual aportaba lo que tenía, y todo se compartía sin distinción. Sobre la tierra, los manteles extendidos dibujan un mosaico de colores donde las diferencias sociales se diluyen. Quizá había rivalidades —el mejor mosto, el mejor jamón—, pero lejos de separar, avivaba la alegría y el ingenio. ¡Nunca supo igual un queso de cabra como en la Merendica! ¡Ni hubo helados más dulces que los que se tomaban al compás de los pasodobles de la banda! Y cuando la tarde empezaba a inclinarse, saciados y contentos, comenzaba el lento peregrinar de olivo en olivo: visitas, abrazos, brindis finales. Aquellas gentes sencillas, labradores de vida sobria y digna, se deseaban buena cosecha y ventura, quizá sin advertir que, en ese gesto humilde, la naturaleza y el hombre se encontraban en su forma más pura. Comer era entonces algo más que nutrirse: era incorporar a la propia vida el fruto de la tierra, del esfuerzo y de la esperanza. 

Hoy, en la calma de la madurez, lejos ya de aquellos días, dejo que la memoria me acerque a mi niñez. La recuerdo con una suave nostalgia, como quien vuelve a saborear algo perdido. El tiempo se llevó aquella edad luminosa, sencilla y dorada, que fue mía y que sé que no regresará.



domingo, 10 de mayo de 2026

Nostalgia: la tristeza del alma




Añoro mi tierra con una tristeza serena que me acompaña en silencio. A cuatrocientos kilómetros de ella, su ausencia se me ha convertido en una presencia constante, como una herida suave que no deja de recordar lo que amo. El ser humano, con el paso de los años, se vuelve hábito y costumbre; y quizá por eso la distancia pesa más cuando la vida ya ha ido dejando su marca en el cuerpo y en el alma. Cuando además el alejamiento no nace del deseo, sino de la enfermedad, entonces la nostalgia adquiere una hondura más honda, más humana, más desgarrada.
Siento mi pueblo cómo se siente la propia piel: no como un lugar lejano, sino como una parte íntima de mi ser. Este largo apartamiento, provocado por un tratamiento inesperado, se me hace interminable. En la gran ciudad echo de menos la tierra viva de la Alpujarra almeriense, ese rincón donde siempre he sabido de dónde vengo y hacia dónde se orientan mis pasos; donde he reconocido quién soy y, quizá, quién deseo seguir siendo.
Allí vi por vez primera la luz tomar color bajo el cielo azul, la blancura de la sierra y el verdor turquesa de los olivos extendidos por el valle. Allí descubrió mi alma el olor de la leña ardiendo junto al hogar, esa fragancia antigua y limpia que parece purificarlo todo lejos del hollín de la ciudad moderna, que se adhiere a las cosas y al espíritu. Allí aprendí a respetar la tierra y el legado silencioso de nuestros mayores, esa sabiduría que no se enseña en las universidades, porque nace de la vida misma, de la experiencia repetida, del paso lento de los años y de la memoria heredada.
Aún resuena en mí ese diálogo pausado al borde de una parada de agua, mientras el agua aguarda, paciente, a rebosar y a llegar a cada planta para calmar su sed. En esa espera está la lección más profunda: que todo lo verdadero necesita tiempo, y que la tierra no entiende de prisa ni de impaciencia, sino de cuidado, de atención y de amor. La urgencia, el apuro y el desasosiego no pertenecen al lenguaje de quien trabaja la tierra con respeto y devoción.
Sí, añoro la brisa de la mañana entre senderos de retama, paraísos y zarzamoras, la tierra mojada, la caricia del viento al atardecer sobre el rostro fatigado por el esfuerzo. Añoro ese aire limpio que entra en el alma y la reconcilia con su origen.
Volveré a ella. Y mientras no pueda hacerlo con la presencia, lo hago con la memoria, con el recuerdo y con esta añoranza que me devuelve, una y otra vez, a lo que más profundamente amo.



martes, 5 de mayo de 2026

Ángeles en el Subsuelo




Hoy recito este poema
por alguien que perdió la voz,
sean estas letras palabras
que trabadas una tras otra,
expresan un sentimiento
que se convierten en voz,
en canto vivo, en aliento,
que proceden de muy dentro.

Los que llegamos a Triana
este barrio singular,
no lo hacemos por turismo
o su gente sin igual.
Venimos a un gran hospital
llamado: Quirónsalud
Infanta Luisa,
para encontrar la salud
para curarnos de un mal.
Buscamos eso que llaman:
"Esperanza de Triana"
-patrona de una hermandad-
a quien algunos rezamos
con la ilusión de encontrar
sosiego en el caminar. 

En el corazón del mismo,
están "Las de Radioterapia",
son ángeles del subsuelo,
que un día bajaron del cielo
para remediar los males 
de tantos y tantos enfermos.
Son grandes profesionales,
-sin duda son las mejores-
son aquellas que te miran
con ojos enternecedores.
Atentas con los pacientes,
solícitas a escuchar,
a quienes más lo requieren
siempre prestas a ayudar.

La paciencia es su virtud,
con pacientes que preguntan
sin tener que alzar la voz,
pues solo con la mirada
manifiestan su temor.
Preguntas atropelladas
que nacen desde el dolor
por el afán de encontrar
consuelo en su aflicción:
siempre hay una palabra
que exhala como una flor.

Por ello mi agradecimiento
a este equipo excepcional:
ANA, LUCRECIA, PILAR,
iSABEL, ROCÍO, Mª DEL MAR;
por su excelente trabajo,
su simpatía y su encanto,
para que sigan así;
de alguien agradecido,
que las aprecia y valora
y rescata su memoria
de las fauces del olvido.

¡Por todas ellas,
levanto mi copa de vino,
la de un poeta agradecido!


     Antonio González Padilla