LA CAÑADA DEL CURA
La finca de la Cañada del Cura ostentaba una entrada triunfal, más propia de un palacio versallesco que de un cortijo enclavado en aquellos llanos áridos, donde el viento se regodeaba soplando con furia. Dos majestuosas columnas, coronadas por soberbios jarrones, franqueaban el paso a la heredad, abriendo camino a un largo y rectilíneo paseo que conducía directamente al corazón del recinto. A ambos márgenes de esta avenida se alzaban espléndidos bancos, concebidos como remansos de paz para el viajero fatigado por el trayecto. Adornados con azulejos de mil colores y complejas figuras geométricas, no había dos bancos iguales; descansar en cualquiera de ellos suponía un maravilloso deleite para los sentidos, un cobijo vibrante en mitad de la llanura, un descanso reparador para el viajero fatigado.
El tío José, esposo de la tía Teresa, nos recibía con esa paciencia sobria de quien aguarda al viajero o contempla cómo la miel se dora en el campo. Lucía un rostro enjuto y de facciones marcadas, curtido por el sol voraz del sur, donde la falta de algunos dientes acentuaba la delgadez de su semblante. El cigarrillo perenne entre sus labios y la descolorida boina sobre su cabeza canosa, eran el sello inequívoco de su apariencia.
A su lado guardaba presencia la tía Teresa, vestida de un negro riguroso desde la cabeza a los piés que prolongaba el luto por su hermano Juan, secretario del Ayuntamiento de Abla, Juan fue asesinado en los pozos de Tabernas durante la Guerra Civil por el bando republicano, cuyo único delito consistió en ser católico practicante y de derechas. Era hermano de nuestro abuelo David y el tío Bernardo, que junto a tres hermanas más —Trinidad, Teresa y Jacinta—, formaban una humilde familia de agricultores.
Ya cercanos a la casa, unos arcos desiguales cubrían una terraza exterior de rústico suelo empedrado. De uno de los palos envejecidos del techo —compuesto por cañas blanqueadas con cal y marcadas por la acción de la lluvia— pendía un botijo sujeto por un cordel. Después de una larga caminata, era un auténtico placer beber el agua fresca de aquel botijo, tan al alcance del visitante. Aquello se había convertido en un ritual costumbrista antes de iniciar el saludo afectuoso entre anfitriones y recién llegados.
A su lado guardaba presencia la tía Teresa, vestida de un negro riguroso desde la cabeza a los piés que prolongaba el luto por su hermano Juan, secretario del Ayuntamiento de Abla, Juan fue asesinado en los pozos de Tabernas durante la Guerra Civil por el bando republicano, cuyo único delito consistió en ser católico practicante y de derechas. Era hermano de nuestro abuelo David y el tío Bernardo, que junto a tres hermanas más —Trinidad, Teresa y Jacinta—, formaban una humilde familia de agricultores.
Ya cercanos a la casa, unos arcos desiguales cubrían una terraza exterior de rústico suelo empedrado. De uno de los palos envejecidos del techo —compuesto por cañas blanqueadas con cal y marcadas por la acción de la lluvia— pendía un botijo sujeto por un cordel. Después de una larga caminata, era un auténtico placer beber el agua fresca de aquel botijo, tan al alcance del visitante. Aquello se había convertido en un ritual costumbrista antes de iniciar el saludo afectuoso entre anfitriones y recién llegados.
Uno de los placeres más gratos que recuerdo de mi niñez era cuando, con mi prima María, íbamos a La Cañada del Cura para visitar a la tía Teresa y al tío José. Salíamos del pueblo hacia el río por la carretera de la estación y, después de cruzarlo por un pequeño trecho, enlazábamos con el camino de las Viñas. A veces el río traía agua y había que saltar sobre las piedras y pequeños promontorios secos para poder cruzarlo sin mojarnos. Una vez en la otra orilla, se abría ante nosotros el camino de las Viñas, un sendero estrecho que atravesaba la vega, llena de frutales, hortalizas y toda clase árboles frutales den donde destacaban los cerezos.. Para mí, aquel trayecto rodeado de agua y verdor era como estar en el paraíso terrenal, rodeado de toda clase de bienes; algo parecido a una cornucopia de la abundancia.
Las cimbras de agua de Olfatabla y de Las Viñas eran las encargadas de llevar el agua y mantener durante el verano aquel verdor y aquel frescor que convertían la vega de las viñas en un pequeño microclima paradisíaco. A los ojos de un niño, aquel camino no era simplemente un sendero que conducía hasta la casa de los tíos. Era una aventura, un territorio de descubrimientos y, sobre todo, un lugar donde la naturaleza parecía ofrecer generosamente todos sus frutos. Cada visita a La Cañada del Cura quedó así ligada para siempre a una sensación de felicidad, de abundancia y de libertad.
Antonio González Padilla
No hay comentarios:
Publicar un comentario