Uno de los rasgos más significativos de la sociedad moderna es la insatisfacción crónica que padece. La causa principal de este malestar reside en la ilusión, hábilmente fomentada por la publicidad, de que la felicidad se alcanza mediante la satisfacción de los deseos materiales. Su estrategia es crear necesidades —la mayoría prescindibles y superfluas— para configurar ciudadanos cuya esencia radica en ser consumidores permanentes.
Este fenómeno ha sido objeto de estudio tanto por la psicología como por la sociología. Sin embargo, también la filosofía clásica, a pesar del tiempo transcurrido, tiene mucho que decir al respecto. En mi caso, comenzaré por analizar desde las claves psicológicas, deteniéndome en lo que denominamos “tendencias”, para finalmente abordar la ética de la Eudemonía aristotélica.
Entendemos por tendencia aquel hecho psicológico por el cual el sujeto se orienta hacia un objeto que desea. Dejando de lado el problema moral de si una tendencia es buena o mala, cabe distinguir dos planos distintos: el moral y el psicológico. Así, por ejemplo, comer una fruta robada constituye una falta moral, pero, desde un punto de vista psicológico, representa un modo adecuado de satisfacer una necesidad alimenticia. El fin de la Ética es alcanzar la felicidad humana; el de la psicología de las tendencias, lograr la salud psíquica del hombre.
El estudio de las tendencias nos lleva a definir la motivación, entendida como el conjunto de necesidades y tendencias que provocan la aceptación o el rechazo de un determinado objeto. Es el mecanismo psicológico mediante el cual el ser vivo logra su adaptación al medio y satisface sus necesidades innatas o adquiridas. Existen motivaciones de orden fisiológico y de orden psicológico. Las primeras responden a las necesidades orgánicas esenciales para la vida: sed, hambre, respiración, cansancio, sueño, eliminación, sexualidad e instinto maternal o paternal. Las segundas, en cambio, se desarrollan a través del aprendizaje o de la carencia de bienes psíquicos como el afecto, la libertad, la seguridad, la comprensión, la aprobación, las relaciones interpersonales o las aspiraciones vitales. Junto a las motivaciones, los seres humanos experimentamos emociones, es decir, estados afectivos producidos por la presencia o ausencia de un objeto necesario para la realización de una tendencia. Las emociones se expresan en sentimientos, que son estados más duraderos, como la simpatía, el amor o la compasión. Otros, como la cólera, la angustia o el miedo, son transitorios y de menor duración. Finalmente, las pasiones poseen una fuerza más intensa y absorbente, como el amor, el odio o los celos.
¿Cómo podemos alcanzar una adecuada adaptación y satisfacción de nuestras necesidades? La respuesta, naturalmente, debe buscarla cada uno en su interior y en su modo de relacionarse con los demás. No obstante, existen ciertos criterios que pueden servir como medida de nuestra integración y madurez personal: la capacidad de trabajar y comprender a los otros; una visión realista del mundo y de nuestras aspiraciones; el autocontrol de la conducta; la facilidad para obtener gratificaciones equilibradas; la autonomía y la responsabilidad en las propias acciones; el respeto a la autoridad y a las normas de convivencia; y, sobre todo, la coherencia entre lo que se cree y lo que se practica. Quien logra armonizar estos aspectos configura una personalidad estable y madura, capaz de adaptarse a su entorno y de ejercer el autocontrol propio de una persona libre y responsable.
Vivimos en la era del bienestar instantáneo. La inmediatez se impone. Queremos ser felices en cada instante, a cada momento. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tantos medios para producir placer y, paradójicamente, nunca habíamos sentido tanto vacío existencial. A pesar de las comodidades que nos rodean, padecemos frustraciones, desencantos y una pérdida de sentido que nos abruma. En el siglo IV a.C., Aristóteles ya se hacía la misma pregunta en su Ética a Nicómaco. Consideraba legítimo buscar la felicidad, pues tal búsqueda es consustancial a la naturaleza humana; pero rechazaba hacerlo desde el instinto o el deseo irracional, y no desde la razón.
Las personas más superficiales —decía el filósofo— creen que la felicidad consiste en el placer (hedoné) y, por ello, buscan una vida centrada en el disfrute inmediato. Sin embargo, lejos de alcanzar la auténtica felicidad, sólo logran un goce efímero de raíz instintiva, que las esclaviza haciéndolas dependientes de sus impulsos. No todo lo que produce placer conduce al verdadero bienestar humano. Los síntomas de esta confusión son evidentes: falta de tolerancia y esfuerzo, incomodidad ante la menor dificultad, carencia de empatía, egoísmo y ausencia de sentido trascendente.
Este fenómeno ha sido objeto de estudio tanto por la psicología como por la sociología. Sin embargo, también la filosofía clásica, a pesar del tiempo transcurrido, tiene mucho que decir al respecto. En mi caso, comenzaré por analizar desde las claves psicológicas, deteniéndome en lo que denominamos “tendencias”, para finalmente abordar la ética de la Eudemonía aristotélica.
Entendemos por tendencia aquel hecho psicológico por el cual el sujeto se orienta hacia un objeto que desea. Dejando de lado el problema moral de si una tendencia es buena o mala, cabe distinguir dos planos distintos: el moral y el psicológico. Así, por ejemplo, comer una fruta robada constituye una falta moral, pero, desde un punto de vista psicológico, representa un modo adecuado de satisfacer una necesidad alimenticia. El fin de la Ética es alcanzar la felicidad humana; el de la psicología de las tendencias, lograr la salud psíquica del hombre.
El estudio de las tendencias nos lleva a definir la motivación, entendida como el conjunto de necesidades y tendencias que provocan la aceptación o el rechazo de un determinado objeto. Es el mecanismo psicológico mediante el cual el ser vivo logra su adaptación al medio y satisface sus necesidades innatas o adquiridas. Existen motivaciones de orden fisiológico y de orden psicológico. Las primeras responden a las necesidades orgánicas esenciales para la vida: sed, hambre, respiración, cansancio, sueño, eliminación, sexualidad e instinto maternal o paternal. Las segundas, en cambio, se desarrollan a través del aprendizaje o de la carencia de bienes psíquicos como el afecto, la libertad, la seguridad, la comprensión, la aprobación, las relaciones interpersonales o las aspiraciones vitales. Junto a las motivaciones, los seres humanos experimentamos emociones, es decir, estados afectivos producidos por la presencia o ausencia de un objeto necesario para la realización de una tendencia. Las emociones se expresan en sentimientos, que son estados más duraderos, como la simpatía, el amor o la compasión. Otros, como la cólera, la angustia o el miedo, son transitorios y de menor duración. Finalmente, las pasiones poseen una fuerza más intensa y absorbente, como el amor, el odio o los celos.
¿Cómo podemos alcanzar una adecuada adaptación y satisfacción de nuestras necesidades? La respuesta, naturalmente, debe buscarla cada uno en su interior y en su modo de relacionarse con los demás. No obstante, existen ciertos criterios que pueden servir como medida de nuestra integración y madurez personal: la capacidad de trabajar y comprender a los otros; una visión realista del mundo y de nuestras aspiraciones; el autocontrol de la conducta; la facilidad para obtener gratificaciones equilibradas; la autonomía y la responsabilidad en las propias acciones; el respeto a la autoridad y a las normas de convivencia; y, sobre todo, la coherencia entre lo que se cree y lo que se practica. Quien logra armonizar estos aspectos configura una personalidad estable y madura, capaz de adaptarse a su entorno y de ejercer el autocontrol propio de una persona libre y responsable.
Vivimos en la era del bienestar instantáneo. La inmediatez se impone. Queremos ser felices en cada instante, a cada momento. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tantos medios para producir placer y, paradójicamente, nunca habíamos sentido tanto vacío existencial. A pesar de las comodidades que nos rodean, padecemos frustraciones, desencantos y una pérdida de sentido que nos abruma. En el siglo IV a.C., Aristóteles ya se hacía la misma pregunta en su Ética a Nicómaco. Consideraba legítimo buscar la felicidad, pues tal búsqueda es consustancial a la naturaleza humana; pero rechazaba hacerlo desde el instinto o el deseo irracional, y no desde la razón.
Las personas más superficiales —decía el filósofo— creen que la felicidad consiste en el placer (hedoné) y, por ello, buscan una vida centrada en el disfrute inmediato. Sin embargo, lejos de alcanzar la auténtica felicidad, sólo logran un goce efímero de raíz instintiva, que las esclaviza haciéndolas dependientes de sus impulsos. No todo lo que produce placer conduce al verdadero bienestar humano. Los síntomas de esta confusión son evidentes: falta de tolerancia y esfuerzo, incomodidad ante la menor dificultad, carencia de empatía, egoísmo y ausencia de sentido trascendente.
La eudemonía, según Aristóteles, es el estado de plenitud y felicidad al que puede aspirar el ser humano. Consiste en elegir en cada circunstancia el “justo medio” entre el exceso y el defecto, tal como lo haría una persona prudente guiada por la razón. La vida virtuosa y eudaimónica no se construye sobre el placer pasajero, sino sobre la solidaridad, la empatía y el servicio al prójimo: condiciones imprescindibles para desarrollar nuestra naturaleza racional y social. Una vida dedicada únicamente al placer puede parecer cómoda y entretenida, pero si carece de virtud, altruismo y amor al prójimo, será una existencia vacía, colmada tan solo de estímulos efímeros y sin sentido.
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