El Saber como punto de partida
El hombre es el ser que se pregunta. Desde la naturaleza es el único que tiene la capacidad de asombrarse. Se asombra ante ese mundo que se presenta ante él y a la vez pertenece a él. Aristóteles lo llamó Thaumathein (asombro) y es desde aquí donde se inicia el saber como actividad específica de su racionalidad. Xavier Zubiri lo llamó "animal de realidades" y es aquí donde surge la capacidad de preguntarse y donde nace la filosofía en la antigua Grecia. Fue allí donde se gestó el comienzo de esto que llamamos filosofía, como expresión cultural pluriforme y como respuesta ante las múltiples preguntas. Las condiciones de estabilidad y seguridad proporcionadas por aquella sociedad, permitieron el clima apropiado para el inicio de esta aventura del saber, donde las preguntas tienen más importancia que las respuestas. Es cierto, que la pluralidad de respuestas, a veces contrapuestas, de autores y escuelas, desconciertan a los estudiosos, aunque esto es más una impresión que una realidad: Un hilo conductor de racionalidad subyace en cada una de las respuesta, aunque los primeros saberes filosóficos aparecen como intentos titubeantes de avance y retroceso de esto que llamamos filosofía. En este contexto, surgen la filosofía y la ciencia; también la religión, como después veremos, al combinar la
seguridad y estabilidad que da la propia sociedad y tradición en que se
vive, con la capacidad de preguntarse, de buscar y de crear, que
proporciona la racionalidad filosófica.
De este modo, del asombro y admiración ante el mundo, surge la
curiosidad y el ansia de conocer de qué está constituida la realidad,
cómo funciona el mundo y cuáles son sus leyes y estructuras. Hay que
comprender y controlar el mundo. Interesa el cómo de la realidad,
hacer inteligible la naturaleza, que se convierte en el gran libro
abierto a la racionalidad humana. Se intenta penetrar en los grandes
enigmas del mundo, que se convierten en retos científicos, y se
articula la significación y referencia del lenguaje científico desde el
principio de verificación en sus diversas modalidades. El lenguaje de
la ciencia tiene pretensiones realistas, objetivas y positivas, a partir
de un talante pragmático y utilitarista.
Igualmente, hay que constatar la conflictiva relación del hombre con la naturaleza, de la que forma
parte y a la que, al mismo tiempo, trasciende desde su racionalidad y su
libertad, la cual, no sólo está determinada por la voluntad de poder, -siendo este uno de los ejes fundamentales de la actividad científico-técnica y de su
afán por domesticar y controlar el mundo-, sino también por la curiosidad y su ansia de poder acerca de la naturaleza. Surgen las primeras hipótesis,
teorías y ensayos para comprender el mundo y apoderarse
instrumentalmente de él, y con ellos, formas primitivas de cooperación
social y de división del trabajo. El intento de descifrar los misterios
del cosmos combina el afán teórico de la ciencia y la búsqueda
filosófica del conocimiento; ya que pronto se toma a la naturaleza como
base normativa del comportamiento humano, anticipando las teorías de
derecho natural y la inspiración iusnaturalista.
El saber filosófico
no sólo se preocupa por cómo es el mundo, sino que se plantea qué es,
cuál es su significado y cuáles son las relaciones entre mundo y
hombre. Ciencia y filosofía, que en la tradición occidental nacieron
juntas como “episteme” global, una vez diferenciadas se complementan e
interaccionan entre sí, pasando de conocer el cómo de la realidad a
preguntarse por su esencia, su significado y su valor, así como a
establecer la relación entre sujeto y mundo.
El afán de saber pertenece a la condición humana, es el privilegio o la responsabilidad que nos ha tocado llevar, es el contrapunto a
la limitación de su aparato instintual, y fue determinante en la
cultura griega clásica, así como en la posterior civilización
occidental, por la importancia que da al
conocimiento como valor en sí mismo. Anteriormente, el pensamiento
mítico era el cauce indiferenciado del conocimiento, en el contexto de
las culturas neolíticas. Se impuso la tradición oral y escrita,
posibilitadas por los asentamientos estables generados por la
agricultura, que, juntamente con la industria, es una de las dos
revoluciones decisivas de la especie humana. Después, abriéndose paso
la desmitificación, se inició la tradición presocrática del filósofo
que busca la sabiduría como un bien en sí mismo, combinando los saberes
cosmológicos, preponderantes en la tradición jónica, con el saber
"metafísico" que pregunta por lo que son las cosas, por su significado,
valor y origen, como ocurre, en la tradición eleática.
La realidad (cósmica, natural, mundanal) aparece simultáneamente como
caótica y maravillosamente ordenada, como cosmos regulado y como
anarquía amenazante. El mito es la gran creación cultural, en la que se
combinan los distintos saberes y se buscan respuestas al por qué y para
qué del mundo y del hombre. Las antropogonías y cosmogonías intentan
responder a la pregunta por los orígenes, y, a su vez, determinan ya, en
buena parte, las antropologías y cosmologías, que buscan clarificar el
significado del hombre y del cosmos.
Inicialmente no surge tanto la pregunta filosófica acerca de “¿Por qué
hay algo y no hay nada?”, cuanto la previa acerca del sentido (orden) y
significación (valor) del universo, del que forma parte el hombre y la
naturaleza. Las preguntas más que las mismas respuestas son el motor
de la actividad racional teórica y práctica y constituyen el núcleo no
sólo de la filosofía sino del pensamiento en general. Se problematiza
la realidad, primero la del mundo y las cosas, luego a la misma
conciencia humana y sus pretensiones racionales. Posteriormente surgen
los problemas científicos y los enigmas filosóficos, siendo esta
capacidad de cuestionar uno de los elementos diferenciadores de la
reflexión humana respecto a la inmediatez del mundo animal.
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