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miércoles, 18 de febrero de 2026

 
MUERTE Y RITUAL EN LA COMARCA DEL ALTO NACIMIENTO: ABLA ROMANA – FVNVS AVITIANI (AÑO I, 2025) 
                                                                                         
                                         “Lo peor que le puede pasar a un loco por la Historia
                                        de Roma es cruzarse con otro loco".   Paco el Parri                           

Esta frase resume a la perfección el espíritu de quienes, en una tarde lluviosa y ventosa, se dispusieron a ilustrarnos en la Universidad Abierta del Río Nacimiento, sobre la muerte ritos y costumbres funerarias en la Roma imperial, tomando como eje central de su disertación el funeral romano de Lucio Alfeno Avitiano, prestigioso militar del Imperio romano fallecido en Alba en el siglo II. Esta crónica quiere dejar constancia, para las generaciones presentes y futuras de la Universidad Abierta del Río Nacimiento, de un acontecimiento que no sólo recreó un funeral romano, sino que hizo vibrar a todo un pueblo, reconciliándose con la memoria viva de su propia historia.
El aforo fue mediano, condicionado por el mal tiempo, pero muy selecto y deseoso de escuchar a Juan Antonio “el Laresla”, que hubo de asumir en solitario la tarea, pues Paco “el Parri” no pudo acompañarnos por motivos laborales y fue sinceramente echado en falta.
José Antonio abrió la sesión con una línea del tiempo clara y pedagógica: la Monarquía romana, desde el 753 a. C. al 509 a. C.; la República, hasta el 27 a. C.; y, finalmente, el Imperio, desde el 27 a. C. hasta el 476 d. C., época en que se inscribe la vida de Lucio Alfeno Avitiano.​
A continuación, se detuvo en una cuestión clave: ¿En qué creían los romanos? La sociedad romana se articulaba en torno a tres ideas básicas: fidelidad al Estado; devoción a la familia y observancia de la religión. La religión pública, de carácter politeísta y mitológico, hundía sus raíces en la tradición grecolatina, y tenía como principales divinidades a Júpiter, Juno y Minerva. Su organización era sencilla y eficaz: el pontifex maximus, los flamines, augures, arúspices y vestales, todos ellos empeñados en asegurar la ansiada Pax Deorum, el favor de los dioses.
Junto a esta religión pública, existía la religión doméstica o familiar, centrada en el culto a los Lares (hogar) Penates (despensa) y Manes (espíritus de los antepasados), que protegían la casa y mantenían el vínculo entre vivos y muertos.
El ponente recordó la importancia de la Ley de las Doce Tablas (Lex XII Tabularum), donde se regulaban también el duelo y los enterramientos. Entre otras disposiciones, se prescribía que las sepulturas se situasen fuera del pomerium o límites sagrados de la ciudad, norma que no siempre respetaban las familias más nobles. El duelo seguía un protocolo muy preciso: la casa apagaba el fuego del hogar en señal de ausencia; se realizaba la deposición del cuerpo en contacto con la tierra; se llevaba a cabo la conclamatio, llamando al difunto por tres veces; se le retiraba el anillo; se preparaban las máscaras funerarias del fallecido y de sus antepasados; y, finalmente, se procedía a lavar, purificar y vestir el cuerpo con ropas limpias según la tradición.
Las últimas diapositivas nos introdujeron en la recreación histórica “ABLA ROMANA – FVNVS AVITIANI”, celebrada en Abla el 6 de septiembre de 2025, con un éxito notable tanto de crítica como de público. Se trataba de la primera edición de una representación teatral que recrea las exequias fúnebres de Lucio Alfeno Avitiano, prestigioso militar del Imperio romano, activo bajo el reinado de Marco Aurelio Antonino, y relacionado con el mausoleo romano de Abla, datado en el siglo II d. C.
El funeral escenificado sumergió a los abulenses en su pasado romano y reforzó su identidad como pueblo, haciéndo sentir como propios los valores tradicionales de sus antepasados. El desarrollo en el crepúsculo de la tarde, iluminado por antorchas, subrayó el simbolismo de la muerte como tránsito hacia la oscuridad de la noche, creando una atmósfera de luz y sombra profundamente sobrecogedora.
Las togas de tono sórdido de familiares, senadores, plañideras y bailarinas contrastaba con la blancura natural de las togas de los sacerdotes, símbolo de pureza frente a la contaminación mundana del dolor y la muerte. Este juego cromático no era un mero detalle estético, sino un recurso dramático que permitía diferenciar visualmente los distintos estamentos y funciones dentro del cortejo.
El acompañamiento de los amigos del difunto, evocando con gestos episodios de su vida y costumbres, completaba el cuadro humano del funeral. Cada personaje, cuidadosamente caracterizado, colaboraba a un realismo plástico que arrastraba al espectador al corazón mismo del siglo II.
No menos impresionante fue la presencia de los cuarenta legionarios que escoltaban la comitiva. Desde las sandalias de cuero hasta la gálea coronada de penachos rojos, desde las gladius o espadas hasta el cornu, trompeta en forma de G para transmitir las órdenes, todo estaba pensado al detalle. Los escudos, las antorchas y los estandartes –el águila de metal dorado, el vexillum y el signum de cada centuria– componían una iconografía militar que transmitía con fuerza la grandeza del ejército romano.
El lenguaje de los diálogos, alternando castellano y latín, se mostró claro y preciso, sin excesos, a la vez certero, pedagógico y didáctico. Acompañados por una música de fondo que impregnaba el ambiente y tocaba el alma, estos textos creaban una atmósfera de tristeza y de pena contenida ante la pérdida de un ser querido, elevando la sensibilidad del público a un nivel cercano a lo excelso.
Una recreación de esta envergadura no surge de la nada. Detrás hay más de un centenar de actores y numerosas personas anónimas que han dedicado muchas horas de trabajo y entrega. Entre ellas sobresalen, por derecho propio, los ya mencionados, Juan Antonio “el Laresla” y Paco “el Parri”, dos “locos” enamorados de Roma y de su cultura, verdaderas almas mater de este proyecto. Su liderazgo, constancia y pasión, han hecho posible que Abla se mire en el espejo de su pasado romano con orgullo y emoción.
El agradecimiento del pueblo debe ser explícito y sostenido. No han guardado para sí su amor por la historia, sino que lo han compartido generosamente con todos los abulenses. Hoy lo hacemos nosotros.
A ellos se suman actores, auxiliares de voz y sonido, técnicos de infraestructuras, entidades públicas y privadas, y, con una mención muy especial, las mujeres de Abla que, discretas y laboriosas, han pasado tantas horas confeccionando el vestuario escénico. Su trabajo silencioso es, en realidad, una de las columnas invisibles de este monumento cultural.

                                                                         Antonio González Padilla
                                                                 
                                                                    Secretario Crecimiento Humano