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domingo, 18 de enero de 2026

Groenlandia: el sueño blanco

 

Hay edades en que uno empieza a renunciar a ciertos viajes imaginados en la juventud. Soñé durante años conocer Groenlandia: un país blanco, virgen, incontaminado. Tal vez me atraía su pureza o el eco simbólico del blanco, mi color preferido. Blanco como el Madrid de mis pasiones deportivas y blanco también el de mis canas —esas que acepto, más por obligación que por virtud, pero con una resignación serena—.
Recuerdo mis años universitarios, cuando conocí en Madrid a una joven danesa de Aarhus. Fue ella quien me habló con ternura y conocimiento de los inuit, habitantes de Groenlandia, que los antropólogos nombran así y que aquí seguimos llamando esquimales. Me hablaba de un territorio inmenso —cuatro veces más grande que España— habitado solo por unas cincuenta y cinco mil almas y coronado por una capital de nombre breve y sonoro: Nuuk.
Los folletos de viaje prometen una gastronomía austera y auténtica, nacida del hielo y del mar: sopa de foca, carne de ballena y arroz. Pero lo verdaderamente grande de aquella tierra no son sus dimensiones, sino la fidelidad de su gente a las costumbres de sus ancestros: la vida comunitaria, la cooperación solidaria, la familia como brújula moral en medio de la tundra.
Desde la Constitución danesa de 1953, Groenlandia forma parte del reino de Dinamarca, en esa curiosa relación de “Mancomunidad de la Corona” que otorga a sus habitantes la ciudadanía danesa. Y ellos, lejos de ansiar otra bandera, quieren seguir siéndolo. Dinamarca, con su estilo discreto y civilizado, siempre ha caído bien: un país pequeño que no necesita hacer ruido para existir. Me gusta su cultura, su modo de estar en el mundo y hasta su gastronomía —la carne, la mantequilla, las galletas danesas que compartimos en aquel piso de estudiantes madrileños gracias a la generosidad de Kirstin y Karen, nuestras amigas del norte—. Y me gusta, sobre todo, Søren Kierkegaard, el pensador que enseñó a Occidente a mirar hacia dentro, padre del existencialismo y maestro de las preguntas esenciales (¡más le valdría a Trump haberlo leído alguna vez!).
Pero hoy, aquel país tranquilo es blanco también de otro tipo de mirada: la codicia. Donald Trump ha llegado a sugerir la compra de Groenlandia, bajo el pretexto de la seguridad global. Suena grotesco, como un eco tardío del viejo imperialismo de los mapas coloreados. “América para los americanos”, proclama, aunque sus verdaderas razones son minerales raros, intereses estratégicos y dólares invisibles que excavan más hondo que el hielo. Este hombre no solo cae mal; despierta el rechazo de quienes todavía respetamos la libertad de las naciones y la dignidad de los pueblos.
Mientras tanto, Europa —tan dada a la reflexión estéril— sigue discutiendo, cómo no, sobre el sexo de los ángeles. Y el mundo, una vez más, se reparte entre gigantes: Trump, Putin y el chino. Si Groenlandia cayera bajo la bandera de las barras y estrellas, la OTAN quedaría ante un dilema: ¿defenderla del socio que paga el 70% del gasto militar? La historia vuelve a repetirse.
Quizá por eso, antes de que el hielo de Groenlandia se derrita bajo el calor de las hamburguesas y los perritos calientes, convendría emprender el viaje que no hicimos. Ir allá, probar su sopa de foca y su arroz, admirar en silencio aquel blanco puro que todavía resiste.
Ese es mi consejo, amigos: vayamos a Groenlandia, aunque sea con el alma.

Antonio González Padilla