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sábado, 28 de febrero de 2026

 


Plaguicidas, medio ambiente y salud: una lección desde el corazón del campo


El pasado martes 24 de febrero de 2026, a las cinco de la tarde, el Teatro Municipal de Fiñana abrió sus puertas a un encuentro especialmente significativo para la Universidad Abierta del Río Nacimiento. Enclavada en un entorno rural donde la tierra es fuente de vida y saber, la institución quiso abordar un tema inseparable de la actividad agraria: el uso de los plaguicidas y sus consecuencias en la alimentación humana.
El profesor comenzó explicando que los plaguicidas, también llamados fitosanitarios, son productos químicos diseñados para proteger los cultivos de insectos, hongos, malas hierbas o roedores, y que, utilizados correctamente, contribuyen a un mayor rendimiento agrícola. Sin embargo, señaló, su eficacia debe equilibrarse con la seguridad para las personas, los animales y la flora útil del entorno. Se presentan bajo diversas formas: polvos, granulados, líquidos emulsionables o aerosoles, adaptados según el tipo de aplicación.
Ningún plaguicida es inocuo, recordó Lozano. Todos encierran un grado variable de toxicidad que obliga a un estricto etiquetado con símbolos de peligro y frases normalizadas de riesgo (R) y de seguridad (S). Así, el etiquetado no es solo un requisito legal, sino una guía esencial para la protección del usuario. La toxicidad se mide por la DL50, o dosis letal media, y se distingue entre efectos agudos —tras una exposición intensa y breve— y crónicos, resultado de exposiciones repetidas a dosis pequeñas. La llamada Ingesta Diaria Aceptable (IDA) marca la frontera de seguridad en la dieta habitual.
A este conocimiento técnico debe añadirse la prudencia: quienes manipulan plaguicidas deben emplear equipos de protección individual (EPIs). Gafas, guantes, botas, mascarillas y trajes impermeables conforman la barrera preventiva que salva la distancia entre el conocimiento y el riesgo. Los filtros de los respiradores, precisó el profesor, se clasifican según el contaminante, y su duración depende no solo del material, sino de la concentración del tóxico y las condiciones ambientales.
En su recorrido por los principales tipos de estos productos —insecticidas, fungicidas, herbicidas, rodenticidas—, Lozano recordó que la red internacional Pesticide Action Network (PAN) ha identificado una alarmante “docena sucia” de plaguicidas altamente peligrosos. Entre ellos se cuentan el DDT, el lindano, el paratión o el paraquat, compuestos cuyo poder residual y persistencia ambiental los convierten en una amenaza para los ecosistemas y la salud global.
Los plaguicidas, explicó, pueden alterar la estructura del suelo, filtrarse a los acuíferos y dejar residuos en los alimentos si no se respetan los plazos de seguridad entre su aplicación y la cosecha. Por ello se establecen límites máximos de residuos y normas estrictas de control. Cuando esas barreras se rompen, las consecuencias sanitarias pueden ir desde intoxicaciones agudas a efectos neurológicos o cardíacos, dependiendo del tipo de sustancia.
Finalizada la exposición, los alumnos participaron con entusiasmo, compartiendo experiencias personales del trabajo agrícola y planteando dudas prácticas sobre el uso seguro de los plaguicidas. El profesor Lozano respondió con claridad, sabiduría y la cercanía de quien no solo enseña, sino que comprende la realidad del campo.
Así transcurrió una jornada de aprendizaje vivo, donde la ciencia y el compromiso rural se dieron la mano para recordarnos que la salud del ser humano y la del planeta comparten una misma raíz: el respeto por la tierra y el conocimiento responsable de sus recursos.
                                                                                   Antonio González Padilla
                                                                                   Secretario Crecimiento Humano



miércoles, 18 de febrero de 2026

 
MUERTE Y RITUAL EN LA COMARCA DEL ALTO NACIMIENTO: ABLA ROMANA – FVNVS AVITIANI (AÑO I, 2025) 
                                                                                         
                                         “Lo peor que le puede pasar a un loco por la Historia
                                         de Roma es cruzarse con otro loco".   
                                                                                                     Paco el Parri                           

Estas palabras resumen a la perfección el espíritu de quienes, en una tarde lluviosa y ventosa, trataron de ilustrarnos, en la Universidad Abierta del Río Nacimiento, sobre la muerte ritos y costumbres funerarias en la Roma imperial, tomando como eje central de su disertación el funeral romano de Lucio Alfeno Avitiano, prestigioso militar del Imperio romano fallecido en Alba en el siglo II. Esta crónica quiere dejar constancia, para las generaciones presentes y futuras de la Universidad Abierta del Río Nacimiento, de un acontecimiento que no sólo recreó un funeral romano, sino que hizo vibrar a todo un pueblo, reconciliándose con la memoria viva de su propia historia.
El aforo fue mediano, condicionado por el mal tiempo, pero muy selecto y deseoso de escuchar a Juan Antonio “el Laresla”, que hubo de asumir en solitario la tarea, pues Paco “el Parri” no pudo acompañarnos por motivos laborales y fue sinceramente echado en falta.
José Antonio abrió la sesión con una línea del tiempo clara y pedagógica: la Monarquía romana, desde el 753 a. C. al 509 a. C.; la República, hasta el 27 a. C.; y, finalmente, el Imperio, desde el 27 a. C. hasta el 476 d. C., época en que se inscribe la vida de Lucio Alfeno Avitiano.​
A continuación, se detuvo en una cuestión clave: ¿En qué creían los romanos? La sociedad romana se articulaba en torno a tres ideas básicas: fidelidad al Estado; devoción a la familia y observancia de la religión. La religión pública, de carácter politeísta y mitológico, hundía sus raíces en la tradición grecolatina, y tenía como principales divinidades a Júpiter, Juno y Minerva. Su organización era sencilla y eficaz: el pontifex maximus, los flamines, augures, arúspices y vestales, todos ellos empeñados en asegurar la ansiada Pax Deorum, el favor de los dioses.
Junto a esta religión pública, existía la religión doméstica o familiar, centrada en el culto a los Lares (hogar) Penates (despensa) y Manes (espíritus de los antepasados), que protegían la casa y mantenían el vínculo entre vivos y muertos.
El ponente recordó la importancia de la Ley de las Doce Tablas (Lex XII Tabularum), donde se regulaban también el duelo y los enterramientos. Entre otras disposiciones, se prescribía que las sepulturas se situasen fuera del pomerium o límites sagrados de la ciudad, norma que no siempre respetaban las familias más nobles. El duelo seguía un protocolo muy preciso: la casa apagaba el fuego del hogar en señal de ausencia; se realizaba la deposición del cuerpo en contacto con la tierra; se llevaba a cabo la conclamatio, llamando al difunto por tres veces; se le retiraba el anillo; se preparaban las máscaras funerarias del fallecido y de sus antepasados; y, finalmente, se procedía a lavar, purificar y vestir el cuerpo con ropas limpias según la tradición.
Las últimas diapositivas nos introdujeron en la recreación histórica “ABLA ROMANA – FVNVS AVITIANI”, celebrada en Abla el 6 de septiembre de 2025, con un éxito notable tanto de crítica como de público. Se trataba de la primera edición de una representación teatral que recrea las exequias fúnebres de Lucio Alfeno Avitiano, prestigioso militar del Imperio romano, activo bajo el reinado de Marco Aurelio Antonino, y relacionado con el mausoleo romano de Abla, datado en el siglo II d. C.
El funeral escenificado sumergió a los abulenses en su pasado romano y reforzó su identidad como pueblo, haciéndo sentir como propios los valores tradicionales de sus antepasados. El desarrollo en el crepúsculo de la tarde, iluminado por antorchas, subrayó el simbolismo de la muerte como tránsito hacia la oscuridad de la noche, creando una atmósfera de luz y sombra profundamente sobrecogedora.
Las togas de tono sórdido de familiares, senadores, plañideras y bailarinas contrastaba con la blancura natural de las togas de los sacerdotes, símbolo de pureza frente a la contaminación mundana del dolor y la muerte. Este juego cromático no era un mero detalle estético, sino un recurso dramático que permitía diferenciar visualmente los distintos estamentos y funciones dentro del cortejo.
El acompañamiento de los amigos del difunto, evocando con gestos episodios de su vida y costumbres, completaba el cuadro humano del funeral. Cada personaje, cuidadosamente caracterizado, colaboraba a un realismo plástico que arrastraba al espectador al corazón mismo del siglo II.
No menos impresionante fue la presencia de los cuarenta legionarios que escoltaban la comitiva. Desde las sandalias de cuero hasta la gálea coronada de penachos rojos, desde las gladius o espadas hasta el cornu, trompeta en forma de G para transmitir las órdenes, todo estaba pensado al detalle. Los escudos, las antorchas y los estandartes –el águila de metal dorado, el vexillum y el signum de cada centuria– componían una iconografía militar que transmitía con fuerza la grandeza del ejército romano.
El lenguaje de los diálogos, alternando castellano y latín, se mostró claro y preciso, sin excesos, a la vez certero, pedagógico y didáctico. Acompañados por una música de fondo que impregnaba el ambiente y tocaba el alma, estos textos creaban una atmósfera de tristeza y de pena contenida ante la pérdida de un ser querido, elevando la sensibilidad del público a un nivel cercano a lo excelso.
Una recreación de esta envergadura no surge de la nada. Detrás hay más de un centenar de actores y numerosas personas anónimas que han dedicado muchas horas de trabajo y entrega. Entre ellas sobresalen, por derecho propio, los ya mencionados, Juan Antonio “el Laresla” y Paco “el Parri”, dos “locos” enamorados de Roma y de su cultura, verdaderas almas mater de este proyecto. Su liderazgo, constancia y pasión, han hecho posible que Abla se mire en el espejo de su pasado romano con orgullo y emoción.
El agradecimiento del pueblo debe ser explícito y sostenido. No han guardado para sí su amor por la historia, sino que lo han compartido generosamente con todos los abulenses. Hoy lo hacemos nosotros.
A ellos se suman actores, auxiliares de voz y sonido, técnicos de infraestructuras, entidades públicas y privadas, y, con una mención muy especial, las mujeres de Abla que, discretas y laboriosas, han pasado tantas horas confeccionando el vestuario escénico. Su trabajo silencioso es, en realidad, una de las columnas invisibles de este monumento cultural.

                                                                         Antonio González Padilla
                                                                 
                                                                    Secretario Crecimiento Humano



viernes, 30 de enero de 2026

Primeros auxilios y Reanimación Cardiopulmonar




El martes 27 de enero, a las 17:00 h. La Universidad Abierta del Río Nacimiento celebró en el Centro Cultural de Abla una sesión formativa sobre Primeros auxilios y Reanimación Cardiopulmonar Básica, en la que participaron numerosos asistentes a pesar del frío, el viento y la lluvia. La actividad estuvo dirigida por el Dr. Pablo J. Segura, director del Centro de Salud de Abla, el Dr. Antonio C. Pérez y la Enfermera Comunitaria Isabel Fernández Lao, quienes combinaron explicación teórica y práctica con maniquíes y demostraciones de RCP, uso del desfibrilador y actuación ante atragantamientos.
En el Centro Cultural de Abla lleno de entusiasmo, la Universidad Abierta del Río Nacimiento, dio un nuevo paso en su apuesta por la formación en salud comunitaria, con una actividad-taller dedicada a los primeros auxilios y a la reanimación cardiopulmonar básica. A pesar de la tarde desapacible, marcada por el frío, el viento y la lluvia, los alumnos respondieron con interés y participación activa.
La sesión se abrió con la intervención de la Lic. Isabel Fernández Lao, que introdujo a los asistentes en los primeros auxilios ante situaciones de emergencia, recordando el artículo 195 del Código Penal y la obligación legal y moral de socorrer. Sobre esta base presentó el esquema P.A.S. (Proteger, Avisar, Socorrer), insistiendo en la importancia de mantener la calma, no mover al accidentado y realizar una exploración primaria de los signos vitales —consciencia, respiración, pulso— seguida de una exploración secundaria de los síntomas. A continuación, explicó y mostró la Posición Lateral de Seguridad y ofreció pautas claras para la actuación ante traumatismos, heridas leves y graves, quemaduras y atragantamientos.​
El Dr. Pablo J. Segura tomó el relevo para presentar la denominada “cadena de supervivencia”,subrayando sus cuatro eslabones fundamentales: reconocimiento precoz y petición de ayuda, RCP precoz y desfibrilación, soporte vital avanzado y cuidados posteriores, y recuperación orientada a preservar la calidad de vida. Esta secuencia, explicó, es decisiva para aumentar las posibilidades de sobrevivir a una parada cardiorrespiratoria.
Posteriormente, el Dr. Antonio C. Pérez desarrolló la parte teórica de la RCP básica en adultos, detallando la correcta realización de las compresiones torácicas: localización de las manos en el centro del pecho, postura adecuada del reanimador, profundidad, frecuencia y reexpansión del tórax. Completó su intervención con las ventilaciones de rescate y el uso del desfibrilador externo automático (DEA), antes de pasar al entrenamiento práctico con los maniquíes.
Uno de los momentos que más interés despertó entre el público fue la actuación ante el atoramiento en adultos, por tratarse de un accidente doméstico muy frecuente. Se enseñaron los tres movimientos básicos recomendados: los golpes en la espalda, la maniobra de Heimlich y la alternancia entre ambos, que algunos asistentes pudieron practicar bajo supervisión.​
La sesión concluyó con una demostración final del uso del desfibrilador sobre un maniquí, que permitió integrar los contenidos trabajados durante la tarde. A la salida, el tiempo seguía tormentoso y la noche abrazó a los participantes con el viento silbando entre los árboles y la nieve blanqueando la sierra, en contraste con el clima de colaboración y aprendizaje vivido en el interior del Centro Cultural.
Con iniciativas como esta actividad-taller, la Universidad Abierta del Río Nacimiento y el Centro de Salud de Abla, acercan a la población conocimientos y habilidades esenciales para actuar ante emergencias, fomentando una cultura de prevención y de responsabilidad compartida en materia de salud. La buena acogida de esta actividad anima a seguir programando nuevas sesiones formativas que permitan a la ciudadanía “aprender juntos a salvar vidas”.

                                                                            

                                                         Asociación Crecimiento Humano


                                                               Antonio González Padilla



domingo, 18 de enero de 2026

Groenlandia: el sueño blanco

 

Hay edades en que uno empieza a renunciar a ciertos viajes imaginados en la juventud. Soñé durante años conocer Groenlandia: un país blanco, virgen, incontaminado. Tal vez me atraía su pureza o el eco simbólico del blanco, mi color preferido. Blanco como el Madrid de mis pasiones deportivas y blanco también el de mis canas —esas que acepto, más por obligación que por virtud, pero con una resignación serena—.
Recuerdo mis años universitarios, cuando conocí en Madrid a una joven danesa de Aarhus. Fue ella quien me habló con ternura y conocimiento de los inuit, habitantes de Groenlandia, que los antropólogos nombran así y que aquí seguimos llamando esquimales. Me hablaba de un territorio inmenso —cuatro veces más grande que España— habitado solo por unas cincuenta y cinco mil almas y coronado por una capital de nombre breve y sonoro: Nuuk.
Los folletos de viaje prometen una gastronomía austera y auténtica, nacida del hielo y del mar: sopa de foca, carne de ballena y arroz. Pero lo verdaderamente grande de aquella tierra no son sus dimensiones, sino la fidelidad de su gente a las costumbres de sus ancestros: la vida comunitaria, la cooperación solidaria, la familia como brújula moral en medio de la tundra.
Desde la Constitución danesa de 1953, Groenlandia forma parte del reino de Dinamarca, en esa curiosa relación de “Mancomunidad de la Corona” que otorga a sus habitantes la ciudadanía danesa. Y ellos, lejos de ansiar otra bandera, quieren seguir siéndolo. Dinamarca, con su estilo discreto y civilizado, siempre ha caído bien: un país pequeño que no necesita hacer ruido para existir. Me gusta su cultura, su modo de estar en el mundo y hasta su gastronomía —la carne, la mantequilla, las galletas danesas que compartimos en aquel piso de estudiantes madrileños gracias a la generosidad de Kirstin y Karen, nuestras amigas del norte—. Y me gusta, sobre todo, Søren Kierkegaard, el pensador que enseñó a Occidente a mirar hacia dentro, padre del existencialismo y maestro de las preguntas esenciales (¡más le valdría a Trump haberlo leído alguna vez!).
Pero hoy, aquel país tranquilo es blanco también de otro tipo de mirada: la codicia. Donald Trump ha llegado a sugerir la compra de Groenlandia, bajo el pretexto de la seguridad global. Suena grotesco, como un eco tardío del viejo imperialismo de los mapas coloreados. “América para los americanos”, proclama, aunque sus verdaderas razones son minerales raros, intereses estratégicos y dólares invisibles que excavan más hondo que el hielo. Este hombre no solo cae mal; despierta el rechazo de quienes todavía respetamos la libertad de las naciones y la dignidad de los pueblos.
Mientras tanto, Europa —tan dada a la reflexión estéril— sigue discutiendo, cómo no, sobre el sexo de los ángeles. Y el mundo, una vez más, se reparte entre gigantes: Trump, Putin y el Chino. Si Groenlandia cayera bajo la bandera de las barras y estrellas, la OTAN quedaría ante un dilema: ¿defenderla del socio que paga el 70% del gasto militar? La historia vuelve a repetirse.
Quizá por eso, antes de que el hielo de Groenlandia se derrita bajo el calor de las hamburguesas y los perritos calientes, convendría emprender el viaje que no hicimos. Ir allá, probar su sopa de foca y su arroz, admirar en silencio aquel blanco puro que todavía resiste.
Ese es mi consejo, amigos: ¡vayamos a Groenlandia, aunque sea con el alma!

Antonio González Padilla