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jueves, 2 de abril de 2026

Pregón de la Semana Santa de Abla 2026


pregón de  

Semana santA 

D . A n t o n i o G o n z á l e z Pa d i l l a 

El Rostro de Cristo: la Cara de Dios

Me llena de gozo, de emoción y de gratitud, dedicar este pregón a mis padres: Antonio y Paquita. Quienes me enseñaron desde niño a amar la Semana santa de Abla, y sembraron en mi alma la fe cristiana que da sentido a mi vida.  



Y, vuelvo a ti con el alma que enamora, que se despliega en el gesto, la palabra,  la forma, como poema libre que trova… ¿Cómo podría olvidar aquella mirada tierna,  aquella mirada que me cautivaba, que prendía de amor mi alma de niño en las primeras luces del alba? ¡Empezaba entonces algo entre Tú y yo…! Un despertar  callado, íntimo, profundo, bajo la presencia eterna de esa Sierra Nevada que nos  contempla. 
Allí, al pie de la torre, me cobijé como monaguillo, para servir a la Iglesia y  recitar, con voz temblorosa, las primeras palabras en latín, en la capilla del Sagrario  donde Tú estás: "Introivo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventuten mean“ ("Entraré en el altar del Señor, el Dios que es la alegría de mi  juventud") Y entonces aprendí a sentir el misterio: con la presencia del agua bendita,  el olor del incienso y de la cera; los cánticos gregorianos que subían al cielo como  incienso de fe; las letanías que tejían plegarias con el alma del pueblo. Y quise  regalarte, desde aquel instante, las metáforas más hermosas que un ser humano  pueda expresar a una Mujer.  

¡Sí! !Te quise tanto, Madre mía! A través de los ojos de mi madre aprendí a  mirarte, y en cada gesto suyo encontraba el reflejo de tu ternura. Cuando los vencejos  cruzaban el cielo azul de Abla y dibujaban en el aire siluetas de arrebato, desde el  balcón de casa soñaba con el vuelo, con sostenerme en el aire de tu amor. Porque en  cada caricia de mi madre hallaba la tuya; en cada suspiro mío, tu refugio. Bajo tu  manto me escondía para sentirme seguro, para huir del llanto, del miedo y del  espanto. ¡Heme aquí, Madre! Ha pasado mucho tiempo… y, sin embargo, sigo siendo  el mismo.  

Aquel niño travieso que, de la mano de su padre, acudía a contemplar tu trono  iluminado por cincuenta cirios, sin comprender todavía el dolor reflejado en tu rostro,  ni los siete puñales que siendo Madre de Dios te traspasaban el pecho, y que tantas  veces quise arrancar para trocar tus lágrimas de amargura en lágrimas de pura  bondad. ¡Sí, he vuelto, Madre! ¡He vuelto para quererte de nuevo y decirte que no  puedo vivir sin Ti! Soy verso suelto que no encuentra su rima, hijo pródigo envuelto en llanto  que desespera por volver a tu regazo: ¡soy aquel que aún añora tus abrazos después de  tantos años de rechazo! Hoy, al pronunciar tu nombre, mi boca se llena de pétalos de rosa, mis labios  saben a miel y mis pies se apresuran a correr para anunciar al mundo que tu hijo  Jesús: ¡Ha resucitado! Porque Él es la luz… y yo, apenas la palabra. ¡Tú, María!: ¡Eres,  Abla.
Al Excelentísimo Jesús Nazareno, alcalde perpetuo de Abla.
Al Rvdo. Señor Cura párroco.
Al Ilmo. Señor Alcalde y a la corporación municipal.
Al Hermano Mayor y Presidente de la Fusión de Cofradías.
A los catequistas, familiares y amigos.

 

¡Abulenses siempre excelentes! 

¡Paz y bien para todos vosotros! 


Soy Antonio González Padilla, hijo de Antonio y de Paquita, la de Teléfonos.  Soy, sencillamente, uno de los vuestros. 

Hoy comparezco ante vosotros con el corazón lleno de gratitud y de emoción.  Mi agradecimiento más sincero a la Fusión de Cofradías por haberme otorgado el  honor inmenso de ser el pregonero de la Semana Santa de Abla. Poder compartir esta  cita con todos vosotros, en torno a la fe, al sentimiento y a la profunda emoción del  misterio que da sentido a nuestra esperanza -la pasión, muerte y resurrección de  Jesús de Nazaret-, es para mí un privilegio y una responsabilidad que asumo con  humildad y alegría. 

A ti, querido Francisco López Ocaña, amigo entrañable de la infancia y  compañero fiel en tantos tramos del camino, mi agradecimiento más afectuoso. Desde  aquellos años de formación en el Seminario hasta los días presentes, permanece  intacto el lazo de nuestra amistad, firme como una promesa cumplida en el tiempo.  Gracias, hermano, por tus palabras en el prólogo. Sé bien que brotan del afecto  sincero y del aprecio acumulado a lo largo de tantos años compartidos. Y desde este  atril quiero expresar, con profunda emoción, mi reconocimiento más hondo por la  labor inmensa que realizas al frente de la Fusión de Cofradías. Sin tu entrega  constante, nuestras procesiones de Semana Santa no tendrían el esplendor, el orden  ni el espíritu que hoy las engrandecen. ¡Gracias, Francisco! por tu fe activa, por tu  amistad fiel, por ser faro y compañía en este camino común. ¡Qué este pregón sea,  ante todo, un canto compartido!: a la fe que nos une, a la tradición que nos identifica,  y al amor que sostiene y da fuerza a este pueblo bendecido por la mirada serena de su Jesús Nazareno.

Mi fe cristiana nació a la sombra del viejo templo parroquial, nutrida por la  educación recibida junto a mis hermanos en la casa de mis padres, y por influencia de  aquel sacerdote bueno, cuyo nombre el tiempo no merece borrar, hablo de don Juan  Bautista García del Castillo, figura luminosa en los años cincuenta. Con su talento  natural para la organización y su sensibilidad estética, dio vida y armonía a las  procesiones, insuflando a las hermandades el fervor que todavía las sostiene. Fue el  alma de la Semana Santa abulense. Por eso, estas líneas quieren ser también un  sencillo homenaje: ¡Gracias, don Juan! 

En esas calles de Abla aún resuena la historia. Junto a la huella romana  originaria de nuestra fe cristiana, sembrada por nuestro obispo san Segundo, y sellada  con la sangre del martirio de nuestros mártires: Apolo, Isacio y Crotato; toda una  herencia late en la piel del pueblo, en su manera de mirar al cielo y de hablar con la  tierra. La fe de nuestros padres no fue una creencia liviana, sino raíz y sustento. Esa  fe -hecha de familia, de trabajo, de rito- se ha transmitido como una melodía antigua  de generación en generación, y en ella la Semana Santa ocupa un lugar privilegiado:  es la memoria compartida que enriquece y cohesiona a todo un pueblo. 

 Mi padre, como bien sabéis todos los que lo conocisteis, era un hombre de  gran devoción. Cofrade de la Virgen de los Dolores, vivía cada Semana Santa con  entusiasmo y entrega. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la ilusión con que fabricaba  los cirios eléctricos de los penitentes, aprovechando las pilas de teléfono, para que el  viento no apagase la llama de los cirios durante el recorrido. Aquellos cirios,  encendidos de fe, eran el reflejo de un corazón creyente que no se rendía ante el viento ni ante la oscuridad. 

En aquellos años, en la década de los cincuenta y los sesenta, la gente de Abla  vivía su fe con intensidad. La Semana Santa era el triunfo de la primavera con la  derrota del invierno; el pueblo se preparaba blanqueando las fachadas de sus casas, como signo de transformación exterior pero también interior. La banda de música  ensayaba en el ayuntamiento que escuchaba desde  casa, -signo inequívoco para  quien les habla- que el gran acontecimiento estaba muy próximo. La Cuaresma - tiempo de penitencia y ayuno- se respiraba en cada casa, en cada gesto, en cada  conversación de vecindario. Quienes crecimos bajo aquella atmósfera sabemos que la  Semana Santa de Abla no era solo una tradición, era -y sigue siendo- un modo de  vivir la fe. Lo que se celebraba en el templo se prolongaba en las calles, en las voces  del pueblo, en las manos que cosían, túnicas, capirotes y tronos, en los corazones que  esperaban la Pascua como un renacer colectivo. 

Todo comenzaba con el Novenario a la Virgen de los Dolores. A ella se le reza  con los labios y con la mirada, porque su silencio contiene todo el dolor y toda la  esperanza del mundo. Durante esos días, el pueblo entero acudía al templo. Hombres,  mujeres, ancianos y niños, llenaban los bancos para rezar el Santo Rosario, cantar las  letanías, escuchar la palabra de Dios, y rezar a la Virgen. Era un acto de amor sencillo,  sin máscaras, donde se sentía la presencia de lo sagrado. Era el gran pórtico de apertura de la Semana Santa, con las confesiones que llenaban el templo parroquial. Vivíamos una verdadera conversión (metanoia) una conversión del alma. Hasta las  familias enemistadas se reconcilian, y el perdón se hacía visible en los abrazos y en las  lágrimas. Era un tiempo de gracia, de comunidad, de hermandad sincera. Porque así  es Abla: un pueblo que no olvida sus raíces, que lleva la fe en la sangre y la devoción  en los labios. Un pueblo que, cada primavera, se viste de recogimiento para recordar,  con amor y respeto, los pasos del Señor y los dolores de su Madre. Una Semana Santa  vivida, rezada y sentida… como solo la saben vivir los corazones que no han perdido  la luz. 

Abla, por aquel entonces, se vestía de eternidad. ¡Sí, Abla se convertía en la Jerusalén Celestial! Sus calles, sus plazas, sus huertos, los ríos y montañas, eran  entonces escenario sagrado donde resonaban los ecos de las bocinas, el incienso que  ascendía como oración, la cera que ardía como fe viva y el azahar que perfumaba el  aire con la pureza de la esperanza. Abla entera era Getsemaní y Vía Dolorosa, río  Jordán, Monte Tabor, y Gólgota. Cada rincón se volvía tierra santa de devoción y memoria. Así la recordamos envuelta en el misterio de la Pasión, hecha ofrenda de  amor y testimonio de fe. Allí nos encontramos con aquellas santas mujeres de  Jerusalén, las que seguían a Jesús y acompañaban a su madre por la Vía Dolorosa. En  cada estación del sufrimiento, nuestras mujeres acogían el dolor y la incomprensión  en sus corazones de fe. Y hoy, la Semana Santa de Abla tiene rostro y tiene voz: Rostro  y voz de aquellas personas sencillas y grandes, que nos enseñaron -con su ejemplo y  su entrega- a vivir estos misterios con caridad, humildad y servicio: 

-¿Quiénes preparaban los pasos? 

-¿Quiénes revestían a la Virgen con tanto amor, ajustando sus alfileres de  plata o su camisa de encaje? 

-¿Acaso no eran ellas quienes colgaban sus joyas en torno a su fino cuello, o  colocaban las orquídeas, las fresias, los jacintos, los lirios y las rosas blancas? -¡Oh, mujeres de Jerusalén! que bajo el manto de la Virgen, cubrid vuestra  identidad con la humildad y la generosidad que os caracteriza. 

¡Va por vosotras! Por: Cecilia, Ceso, Consuelo, Encarna, Josefa, Magdalena,  Manuela -la prima María-; por Mari, Maruja, Pilar, Piedad, Rosa, Rosario… y por  tantas otras mujeres de Abla que pusieron el alma en cada preparativo, el corazón en  cada rezo y la ternura en cada paso. 

 Y ¿cómo olvidar a aquellos hombres, padres, tíos y hermanos, que con su  entrega silenciosa, levantaron sobre sus hombros el peso del fervor y la herencia de  un pueblo creyente? Ellos son parte de nosotros:

Antonio Tapia Torres, “El Quinto”, sacristán y mano derecha de nuestros párrocos. Antonio el Monjo, Antonio Lerenes,  Antonio el de Julia, Antonio el de la Luz, Alfonso Ortíz, Antoñuelo, Apolo, Benito,  Cayetano, Dámaso, Ginés, Juan el Caracol, Paco Ocaña, Pepe el Santo, mi padre  Antonio y su inseparable amigo Vicente…, el tío David y el tío Paco…. Imposible  nombraros a todos, porque fuisteis muchos, y todos, sin excepción: ¡valiosos! Cada uno dejó en nuestras calles el eco de su paso, la huella de su fe, la ofrenda de su vida.  Y hoy, aquí reunidos al nombraros, sentimos vuestro regreso porque Abla, ¡no olvida  a los suyos! 

Vuestra memoria sigue viva en el redoble del tambor, en el incienso que asciende, y  en el alma agradecida de este pueblo que sigue caminando tras la cruz de Cristo. ¡Qué  esta Semana Santa nos encuentre unidos, creyentes y agradecidos, porque mientras  haya en Abla una vela encendida, una flor en el paso y una oración en los labios…el  corazón de nuestro pueblo seguirá latiendo junto al corazón de Cristo. Permitidme haceros algunas preguntas que nacen de la reflexión de este  pregonero, y que podemos responder juntos: 

¿Cuál es el verdadero significado de la Semana Santa? ¿Son las celebraciones  litúrgicas y el mundo espiritual en torno a ellas? ¿Son las procesiones en nuestras  calles? o ¿tal vez sea la gastronomía familiar en torno a una mesa? Son todas.

Porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. "Y vio Dios  que aquello era bueno". (Gen.1,31). Ese mismo Dios, en la plenitud de los tiempos, no  se concluye en la eternidad sino que se hace Palabra e irrumpe en la historia y en el  tiempo. Este es el misterio de la Encarnación. Podía haberlo hecho de otro modo, pero lo hizo así: eligió a una joven virgen  como Madre. Y Ella, ante el misterio, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase  en mí según tu palabra”.

La gran tragedia de Jesús de Nazaret comienza en un pueblo  humilde y culmina clavado en una cruz en el Gólgota. Entre ambos extremos se  desarrollan episodios de ocultamiento y vida pública que es necesario recorrer,  contemplar y meditar: actos y acontecimientos que a la luz de la razón humana son  difíciles de comprender, aunque no así desde la fe. 

Son parábolas y milagros, cercanía y alejamiento, alegría y esperanza…  también dolor y soledad, en un acto sublime de entrega, desnudez y abandono. Sin sus  discípulos, sin su Madre y hasta sin su Padre, por eso exclama: “Padre, ¿por qué me has  abandonado?” 

Es la historia de una infamia y de un fracaso…, hasta la gloria de la  Resurrección. La Semana Santa es la manifestación viva de ese relato dramatizado  del amor de Dios por nosotros, ante la mirada atónita del mundo. Expectante, el  pueblo llena las calles de ciudades y pueblos con estaciones de penitencia para  contemplar sus imágenes y dar rienda suelta a sus inquietudes religiosas, sentimientos y deseos más devotos. 

Es la piedad de un pueblo que reza y procesiona a través de la contemplación  de su Virgen Dolorosa o su Cristo Crucificado, entre varales, flameo de cirios, flores e  incienso, o bajo el canto improvisado de una saeta desde un balcón florido. Es grandeza y la plasticidad de unas imágenes sobre tronos majestuosos, portados por  costaleros o portadores, escoltados por hermandades de penitentes en estación de  penitencia; donde destreza, esfuerzo y oración, forman una misma unidad de sentido,  como respuesta a una promesa o al cumplimiento de una tradición ancestral. Es el encanto de la noche bajo el perfume del azahar mezclado con la canela  y la vainilla… el lejano sonido de una bocina que rompe el silencio de la noche  primaveral. Es el misterio hecho imagen: la Pasión de Cristo en la calle.

Pero la Semana Santa es algo más que una representación plástica o sensorial  de la tradición. Con la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, el  hombre encuentra sentido a su existencia. Vivir la Semana Santa es morir y resucitar  con el Cristo de la fe, a través de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, de  un modo real y no imaginario. Es llevar una vida íntima de comunicación con Dios,  mediante la oración. Vivirla es hacer presente la muerte y la pasión del Señor que nos redime en  la cruz para resucitar con Él. Implica una verdadera conversión de nuestras vidas y  un arrepentimiento sincero para seguir a Dios y a su Palabra. 

Es seguir la cruz del Crucificado, renunciar al mundo y a sus falacias; dejarse llevar  por la fuerza del Espíritu y renacer del agua bautismal. Solo así superaremos nuestras  frustraciones y saciaremos nuestra sed de eternidad. Solo así viviremos la Semana  Santa como Dios manda.

Por eso el Domingo de Ramos con palmas, olivos y salmos,  decimos: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hosanna en el cielo!” Recordamos este día agitando palmas y ramos. De su incineración resurgirán  las cenizas, que en cuaresma nos marcan como humanos. 

Es Martes Santo. Las flores de los balcones de Abla, comienzan a florecer, y  luchan unas con otras para así poderle ver: Y ver pasar al "Ecce Homo" para afligirse  con él:

¡Quién fuera en esta noche golondrina que anida bajo teja protegida, para secar con sus alas aleteadas, la sangre a  borbotones de esa herida! !Oh Jesús, traicionado y negado por tres veces de  madrugada, al canto del gallo, por el más cercano! Ultrajado como títere de escarnio,  con cetro de caña y corona espinada: un rey despojado, mofado y humillado. 

Es Miércoles Santo. Es un día de oración, no exento de reflexión; los pasos  quedan expuestos a la espera del momento de salir en procesión. Así preparan los  abulenses el triduo de la pasión, muerte, y resurrección.Cada año en Jueves Santo, se rememora el gran día de la entrega y el amor  mediante la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía" Por eso durante esta jornada,  celebramos la humildad, del Maestro que se rebaja. lavando los pies a sus discípulos,  practicando caridad. Durante toda la noche, es noche de oración; "Hora santa" -le  llamamos- ante el sagrario que guarda, el pan y el cuerpo del Señor, como regalo de  Dios, quien se quedó entre nosotros como muestra de su amor. En las calles de mi pueblo, bocinas de lamento, recuerdan al Jesús que sufre  aquellos grandes tormentos. Durante toda la noche, es noche de oración, de vigilia y  Monumento, de rezos y meditación. 


Cuando concluye el Via Crucis, en la madrugada del Viernes Santo, Abla, se  echa a la calle para vivir con intensidad uno de los días más grandes del año. Llega el  momento esperado: la procesión de El Paso con sus dos Encuentros. La Hermandad  de Nuestro Padre Jesús, liderada por su hermano mayor, procesiona al Nazareno. El  trono de madera rectangular, escoltado por cuatro faroles, luce sobrio en su sencillez.  En el centro se alza la figura de Jesús Nazareno, soportando el peso inmenso de la  cruz, ayudado por Simón de Cirene. Su rostro, coronado de espinas, refleja el dolor  contenido y la serenidad del sacrificio. Las manos, huesudas, se aferran a la madera  que simboliza la promesa sellada en Getsemaní: “¡Padre, qué no se haga mi voluntad,  sino la tuya!” A cada paso, las sombras de la noche se llenan con el sonido profundo de la  bocina y las trompetas de los sumos sacerdotes. Sus sonidos dialogan como si el cielo  y la tierra se respondiesen en un lenguaje de duelo. Entonces, todo el pueblo  enmudece, y aquel rumor de bronce transporta el alma a la vigilia del Señor, al  instante en que Pedro lo negó, al silencio que precede al amanecer de la fe. 

Tras el Nazareno avanza San Juan Evangelista, con túnica verde, señalando  con su dedo el camino a la Virgen de los Dolores. El primer “Encuentro” se produce  en el Paseo de San Segundo, donde el discípulo amado parece presentar a la Madre el  rostro doliente del Hijo que va al Calvario. Es un momento de belleza sobrecogedora:  el aire se detiene, solo la bocina rompe el silencio, y cada corazón siente la hondura  de aquel drama sagrado. 

El trono de la Virgen es una joya barroca: su rostro, inspirado en la escuela de  Salzillo, irradia ternura y dolor. Bajo un manto negro bordado en oro, coronada y  rodeada de cirios encendidos, avanza lentamente, sostenida por seis varales de níquel  que cimbrean con la cadencia de los portadores. El hermano mayor, con báculo de la  cofradía y capirote negro, guía con paso firme la procesión. Cincuenta llamas  temblorosas iluminan el rostro de la Virgen y su corazón de plata atravesado por siete  puñales. Al verla, las lágrimas me vencen. En su mirada encuentro los ojos de mi  madre, la fe de mi padre, la memoria de todos los que me precedieron. De niño, en  aquellas mañanas de primavera, mi mano se aferraba a las manos de mi madre,  mientras el Nazareno y su Madre pasaban ante nosotros. Recuerdo mis zapatos  nuevos, la ropa de domingo, la emoción contenida de quien intuía algo sagrado sin  comprender del todo. Solo vivencia y emoción. En medio de la sencillez de entonces,  aquella procesión era siempre una promesa de belleza y consuelo. 

Si el primer Encuentro conmueve hasta las lágrimas, más aún lo hace el  segundo Encuentro en la plaza del pueblo. Es el instante en el que la Verónica enjuga  el rostro de Jesús. El trono del Nazareno se detiene frente al de la Virgen; san Juan  señala el camino y, desde la esquina, se aproxima la Verónica, moviéndose en un  vaivén rítmico que parece plegaria. Tres genuflexiones marcan el avance. Entonces,  con gesto reverente acerca el lienzo al rostro del Señor, y ante la multitud, el rostro de  Cristo queda impreso en el paño. Verónica retrocede mostrando el paño primero al  pueblo y luego a la Madre Dolorosa. En un instante preciso, Madre e Hijo,  entrecruzan sus miradas: en una queda el dolor, en la otra, un inmenso amor.

Huele a  incienso, suena la bocina, y el aire mismo parece suspender su respiración. Aquel  instante se vuelve eterno: la fe, el dolor y el amor se funden en una sola emoción que  atraviesa generaciones. Todo un pueblo, en silencio, comparte el misterio de un Dios  que, a través de la belleza y la entrega, hizo del sufrimiento un acto de amor sin  medida. 


Sin apenas tiempo, vuelta a casa para en torno a la mesa “reponer fuerzas”  con “el potaje de semana santa”, y dar sobrada respuesta a los postres que nuestras  madres preparan con tanto esmero: Huevos a la nieve, natillas, flan, arroz con  leche…buñuelos y chocolate. Con el último bocado vuelta al templo para sacar en  estación de penitencia al Crucificado 


Son las tres de la tarde, hora del tercer “Encuentro”. Frente al monte de los  olivos, Jesús pende de una cruz. San Juan está allí sumido, indicando el camino, con su palma en la mano,  acompañando a María, con el corazón traspasado de un Viernes Santo en la Cruz de  los Caídos. 

Sus jadeos son más dilatados, apenas puede respirar, el mismo peso del  cuerpo le impide ensanchar el pecho, se asfixia cada vez más. Sus fuertes  extremidades, apoyadas en los clavos, pese al dolor insoportable, le ayudan a respirar.  Finalmente El Crucificado, exhala el último aliento, encomendando su espíritu, a su  Padre el "Bien Amado". Un silencio luctuoso, se apodera del lugar, roto por el aletear de aves que se  aprestan a volar, y un tambor acompasado, con cadencia regular, rompe un silencio  hermanado y nos invita a rezar:

Ante ti estoy, Jesús amado, manos extendidas para  perdonarme, y en el madero de tormento romano, atadas y clavadas, para castigarme.Me presento ante tus ojos de amor, para que me miréis con sereno gesto, y la  ira de la justicia del buen Dios, se aplaque, por tu misericordia y perdón. No solo diste  tu vida con tu hecho, pues si quedaba duda, también renunciaste a tu madre como gesto. Nada quedó en el resto de tu cuerpo: ya  que vertiste la última gota de sangre por la brecha de tu costado abierto. 

El cielo se torna gris, crespones negros coronan estandartes y banderas, de  hermandades y cofradías, cambian su color morado, por símbolos enlutados. San  Juan y La Dolorosa, quedan como anonadados, contemplando al soldado, que con  yelmo y lanza armado, traspasa aquel costado del maestro e hijo amado. Un color  negro sepulcral, reviste el cielo sombreado, a veces iluminado, por relámpagos y  nubes, que lloran por El Crucificado. Manifiestan ante el mundo el fracaso de un  Dios-hombre, que quiso ser como Dios, y solo es un ajusticiado que pende de un  madero cruzado, a la espera de ser por el Padre glorificado. 

El que ha de resucitar, primero ha de ser enterrado; por la Calle Baja va el  cuerpo del Crucificado, envuelto en un sudario, por "los civiles" escoltado, en los  oficios desclavado, por la hermandad, cuyo nombre es, la del resucitado. Todo ha  quedado ya dicho, en Siete Palabras -escrito está- las mismas que profirió Jesús, en el  Gólgota como altar, antes de expirar. Claveles de color rojo-sangre, rodean el cuerpo  yacente, luchan por sobrevivir en un sepulcro de muerte, preludio de una batalla,  entre la vida y la muerte, donde Jesús triunfará, sobre las fuerzas del mal.

De  terciopelo oro-negro vas vestida "Dolorosa", en tus manos un rosario y en tu pecho,  una rosa, con espinas del Calvario. Hacia tu trono caminas con tu pesar, lentamente,  a hombros de tus cofrades y el aplauso de tu gente. Hay un silencio expectante roto por un tambor, que sube directo al cielo y  susurra una oración. Una saeta irrumpe desde un florido balcón, son versos  precipitados: !un grito desde el dolor! !Deja Madre te ayudemos a soportar esa carga,  déjanos enjugar tu pena que corre por esas lágrimas!

Recorre Abla en la noche, un  silencio sepulcral, una serpiente de luces, repta en la oscuridad, entre cirios  encendidos, pavesas que eleva el viento y rezos enmudecidos. Son las mujeres  abulenses, que saben lo que es llorar, acompañan a su Virgen llamada: La Soledad. 

El día más grande del año en la liturgia cristiana, es la Vigilia del Sábado por  la simbología empleada. Es la noche bendita de la luz, y la Palabra, la del agua del  bautismo, y sobre todo es: La Noche de La Pascua, y del Cordero Pascual; noche de  catecumenado de profesión de fe en el Cristo Resucitado, por la inmersión bautismal  en presencia del Cirio Pascual. 


¿Qué nos dice hoy la Pasión y Resurrección del Señor a los hombres y  mujeres de Abla? 

Lo primero, que no tengamos miedo a ser testigos de la Resurrección y a  anunciar esta “Buena Nueva” al mundo: ¡Cristo ha resucitado! Ha vencido a la  muerte, por eso no es vana nuestra fe. Su resurrección es un mensaje de alegría y esperanza para nuestro mundo, sediento de igualdad, paz y justicia. El amor ha  triunfado sobre el odio, la luz sobre las tinieblas, la vida sobre la muerte. A nosotros  como comunidad eclesial, nos corresponde dar testimonio de esta "Buena Nueva" con  nuestra palabra y nuestras obras. No estaremos solos, "porque dónde están dos o tres  reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20). 

¿Y dónde encontraremos el verdadero rostro de Jesús resucitado? No te  engañes: no está escondido en los libros, ni en los tratados de teología o filosofía. Está  en ti y en mí, en la entrega y amor con la gente que convivimos a diario. Está en la  sonrisa de tus nietos, en la mirada de la persona amada, en el abrazo de un viejo  amigo, en el olor del pan recién hecho y en el café de cada mañana; en la lluvia y en el  aroma a tierra mojada. Y sobre todo, está en la mano abierta del mendigo que pide a  la puerta del supermercado, en la mirada suplicante del enfermo que aguarda un  milagro, en la mujer embarazada que besa la vida que su vientre acuna, en tantos  hombres y mujeres que sufren la violencia, el maltrato, la soledad o la pérdida. 

Pero no sólo ahí. También está en el Camino de Emaús y sólo lo  reconoceremos al “partir el Pan”. “Porque No se comienza a ser cristiano por una  decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una gran acontecimiento,  con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación  decisiva." Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est, 1.

Gracias a la Resurrección, Cristo está presente en el Sacramento de la  Eucaristía con su cuerpo y su sangre, bajo las especies de pan y vino. Un acto  grandioso, un milagro precioso del amor de Dios, que acontece y se actualiza en cada  Eucaristía. Él está en el cielo como Hijo de Dios-Padre, resucitado y glorificado, a la  espera de nuestra resurrección. Aunque nosotros los cristianos, somos su cielo en la  tierra cuando llevamos su nombre como testigos de su resurrección, cuando lo  sentimos, lo gozamos y lo vivimos en los sacramentos. Parece que está muy lejos…,  pero no es así. Está muy cerca. Está en el sagrario, en la Iglesia (asamblea), y en el corazón de  cada hombre que siente la necesidad de amarle. Así nos lo prometió: "Estaré con  vosotros hasta la consumación de los siglos". (Mt 18,20). 

Por todo ello, los abulenses anunciamos con júbilo nuestra Semana Santa:

!Semana Santa de Abla! ¡Qué entre calles encaladas con balcones y casas  blancas, procesionan tus imágenes elevando una plegaria de súplica y esperanza! !Qué  el mundo sepa que aquí la gente reza con alma, la fe que un día recibió como una perla  que guarda, muy dentro del corazón!!Semana Santa de Abla! que manifiestas tu fe: !Qué el Cielo oiga tu plegaria!

Abla, 15 de marzo de 2026


N.B.  Este pregón tuvo lugar en la Parroquia de la Anunciación de Abla (Almería) el domingo 15 de marzo del año 2026. Escrito por D. Antonio González Padilla y leído por su Hija Noemí González Guzmán.