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viernes, 30 de enero de 2026

Primeros auxilios y Reanimación Cardiopulmonar




El martes 27 de enero, a las 17:00 h. La Universidad Abierta del Río Nacimiento celebró en el Centro Cultural de Abla una sesión formativa sobre Primeros auxilios y Reanimación Cardiopulmonar Básica, en la que participaron numerosos asistentes a pesar del frío, el viento y la lluvia. La actividad estuvo dirigida por el Dr. Pablo J. Segura, director del Centro de Salud de Abla, el Dr. Antonio C. Pérez y la Enfermera Comunitaria Isabel Fernández Lao, quienes combinaron explicación teórica y práctica con maniquíes y demostraciones de RCP, uso del desfibrilador y actuación ante atragantamientos.
En el Centro Cultural de Abla lleno de entusiasmo, la Universidad Abierta del Río Nacimiento, dio un nuevo paso en su apuesta por la formación en salud comunitaria, con una actividad-taller dedicada a los primeros auxilios y a la reanimación cardiopulmonar básica. A pesar de la tarde desapacible, marcada por el frío, el viento y la lluvia, los alumnos respondieron con interés y participación activa.
La sesión se abrió con la intervención de la Lic. Isabel Fernández Lao, que introdujo a los asistentes en los primeros auxilios ante situaciones de emergencia, recordando el artículo 195 del Código Penal y la obligación legal y moral de socorrer. Sobre esta base presentó el esquema P.A.S. (Proteger, Avisar, Socorrer), insistiendo en la importancia de mantener la calma, no mover al accidentado y realizar una exploración primaria de los signos vitales —consciencia, respiración, pulso— seguida de una exploración secundaria de los síntomas. A continuación, explicó y mostró la Posición Lateral de Seguridad y ofreció pautas claras para la actuación ante traumatismos, heridas leves y graves, quemaduras y atragantamientos.​
El Dr. Pablo J. Segura tomó el relevo para presentar la denominada “cadena de supervivencia”,subrayando sus cuatro eslabones fundamentales: reconocimiento precoz y petición de ayuda, RCP precoz y desfibrilación, soporte vital avanzado y cuidados posteriores, y recuperación orientada a preservar la calidad de vida. Esta secuencia, explicó, es decisiva para aumentar las posibilidades de sobrevivir a una parada cardiorrespiratoria.
Posteriormente, el Dr. Antonio C. Pérez desarrolló la parte teórica de la RCP básica en adultos, detallando la correcta realización de las compresiones torácicas: localización de las manos en el centro del pecho, postura adecuada del reanimador, profundidad, frecuencia y reexpansión del tórax. Completó su intervención con las ventilaciones de rescate y el uso del desfibrilador externo automático (DEA), antes de pasar al entrenamiento práctico con los maniquíes.
Uno de los momentos que más interés despertó entre el público fue la actuación ante el atoramiento en adultos, por tratarse de un accidente doméstico muy frecuente. Se enseñaron los tres movimientos básicos recomendados: los golpes en la espalda, la maniobra de Heimlich y la alternancia entre ambos, que algunos asistentes pudieron practicar bajo supervisión.​
La sesión concluyó con una demostración final del uso del desfibrilador sobre un maniquí, que permitió integrar los contenidos trabajados durante la tarde. A la salida, el tiempo seguía tormentoso y la noche abrazó a los participantes con el viento silbando entre los árboles y la nieve blanqueando la sierra, en contraste con el clima de colaboración y aprendizaje vivido en el interior del Centro Cultural.
Con iniciativas como esta actividad-taller, la Universidad Abierta del Río Nacimiento y el Centro de Salud de Abla, acercan a la población conocimientos y habilidades esenciales para actuar ante emergencias, fomentando una cultura de prevención y de responsabilidad compartida en materia de salud. La buena acogida de esta actividad anima a seguir programando nuevas sesiones formativas que permitan a la ciudadanía “aprender juntos a salvar vidas”.

                                                                            

                                                         Asociación Crecimiento Humano


                                                               Antonio González Padilla



domingo, 18 de enero de 2026

Groenlandia: el sueño blanco

 

Hay edades en que uno empieza a renunciar a ciertos viajes imaginados en la juventud. Soñé durante años conocer Groenlandia: un país blanco, virgen, incontaminado. Tal vez me atraía su pureza o el eco simbólico del blanco, mi color preferido. Blanco como el Madrid de mis pasiones deportivas y blanco también el de mis canas —esas que acepto, más por obligación que por virtud, pero con una resignación serena—.
Recuerdo mis años universitarios, cuando conocí en Madrid a una joven danesa de Aarhus. Fue ella quien me habló con ternura y conocimiento de los inuit, habitantes de Groenlandia, que los antropólogos nombran así y que aquí seguimos llamando esquimales. Me hablaba de un territorio inmenso —cuatro veces más grande que España— habitado solo por unas cincuenta y cinco mil almas y coronado por una capital de nombre breve y sonoro: Nuuk.
Los folletos de viaje prometen una gastronomía austera y auténtica, nacida del hielo y del mar: sopa de foca, carne de ballena y arroz. Pero lo verdaderamente grande de aquella tierra no son sus dimensiones, sino la fidelidad de su gente a las costumbres de sus ancestros: la vida comunitaria, la cooperación solidaria, la familia como brújula moral en medio de la tundra.
Desde la Constitución danesa de 1953, Groenlandia forma parte del reino de Dinamarca, en esa curiosa relación de “Mancomunidad de la Corona” que otorga a sus habitantes la ciudadanía danesa. Y ellos, lejos de ansiar otra bandera, quieren seguir siéndolo. Dinamarca, con su estilo discreto y civilizado, siempre ha caído bien: un país pequeño que no necesita hacer ruido para existir. Me gusta su cultura, su modo de estar en el mundo y hasta su gastronomía —la carne, la mantequilla, las galletas danesas que compartimos en aquel piso de estudiantes madrileños gracias a la generosidad de Kirstin y Karen, nuestras amigas del norte—. Y me gusta, sobre todo, Søren Kierkegaard, el pensador que enseñó a Occidente a mirar hacia dentro, padre del existencialismo y maestro de las preguntas esenciales (¡más le valdría a Trump haberlo leído alguna vez!).
Pero hoy, aquel país tranquilo es blanco también de otro tipo de mirada: la codicia. Donald Trump ha llegado a sugerir la compra de Groenlandia, bajo el pretexto de la seguridad global. Suena grotesco, como un eco tardío del viejo imperialismo de los mapas coloreados. “América para los americanos”, proclama, aunque sus verdaderas razones son minerales raros, intereses estratégicos y dólares invisibles que excavan más hondo que el hielo. Este hombre no solo cae mal; despierta el rechazo de quienes todavía respetamos la libertad de las naciones y la dignidad de los pueblos.
Mientras tanto, Europa —tan dada a la reflexión estéril— sigue discutiendo, cómo no, sobre el sexo de los ángeles. Y el mundo, una vez más, se reparte entre gigantes: Trump, Putin y el Chino. Si Groenlandia cayera bajo la bandera de las barras y estrellas, la OTAN quedaría ante un dilema: ¿defenderla del socio que paga el 70% del gasto militar? La historia vuelve a repetirse.
Quizá por eso, antes de que el hielo de Groenlandia se derrita bajo el calor de las hamburguesas y los perritos calientes, convendría emprender el viaje que no hicimos. Ir allá, probar su sopa de foca y su arroz, admirar en silencio aquel blanco puro que todavía resiste.
Ese es mi consejo, amigos: ¡vayamos a Groenlandia, aunque sea con el alma!

Antonio González Padilla