pregón de
Semana santA
D . A n t o n i o G o n z á l e z Pa d i l l a
El Rostro de Cristo: la Cara de Dios
Me llena de gozo, de emoción y de gratitud, dedicar este pregón a mis padres: Antonio y Paquita. Quienes me enseñaron desde niño a amar la Semana santa de Abla, y sembraron en mi alma la fe cristiana que da sentido a mi vida.
¡Abulenses siempre excelentes!
¡Paz y bien para todos vosotros!
Soy Antonio González Padilla, hijo de Antonio y de Paquita, la de Teléfonos. Soy, sencillamente, uno de los vuestros.
Hoy comparezco ante vosotros con el corazón lleno de gratitud y de emoción. Mi agradecimiento más sincero a la Fusión de Cofradías por haberme otorgado el honor inmenso de ser el pregonero de la Semana Santa de Abla. Poder compartir esta cita con todos vosotros, en torno a la fe, al sentimiento y a la profunda emoción del misterio que da sentido a nuestra esperanza -la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret-, es para mí un privilegio y una responsabilidad que asumo con humildad y alegría.
A ti, querido Francisco López Ocaña, amigo entrañable de la infancia y compañero fiel en tantos tramos del camino, mi agradecimiento más afectuoso. Desde aquellos años de formación en el Seminario hasta los días presentes, permanece intacto el lazo de nuestra amistad, firme como una promesa cumplida en el tiempo. Gracias, hermano, por tus palabras en el prólogo. Sé bien que brotan del afecto sincero y del aprecio acumulado a lo largo de tantos años compartidos. Y desde este atril quiero expresar, con profunda emoción, mi reconocimiento más hondo por la labor inmensa que realizas al frente de la Fusión de Cofradías. Sin tu entrega constante, nuestras procesiones de Semana Santa no tendrían el esplendor, el orden ni el espíritu que hoy las engrandecen. ¡Gracias, Francisco! por tu fe activa, por tu amistad fiel, por ser faro y compañía en este camino común. ¡Qué este pregón sea, ante todo, un canto compartido!: a la fe que nos une, a la tradición que nos identifica, y al amor que sostiene y da fuerza a este pueblo bendecido por la mirada serena de su Jesús Nazareno.
Mi fe cristiana nació a la sombra del viejo templo parroquial, nutrida por la educación recibida junto a mis hermanos en la casa de mis padres, y por influencia de aquel sacerdote bueno, cuyo nombre el tiempo no merece borrar, hablo de don Juan Bautista García del Castillo, figura luminosa en los años cincuenta. Con su talento natural para la organización y su sensibilidad estética, dio vida y armonía a las procesiones, insuflando a las hermandades el fervor que todavía las sostiene. Fue el alma de la Semana Santa abulense. Por eso, estas líneas quieren ser también un sencillo homenaje: ¡Gracias, don Juan!
En esas calles de Abla aún resuena la historia. Junto a la huella romana originaria de nuestra fe cristiana, sembrada por nuestro obispo san Segundo, y sellada con la sangre del martirio de nuestros mártires: Apolo, Isacio y Crotato; toda una herencia late en la piel del pueblo, en su manera de mirar al cielo y de hablar con la tierra. La fe de nuestros padres no fue una creencia liviana, sino raíz y sustento. Esa fe -hecha de familia, de trabajo, de rito- se ha transmitido como una melodía antigua de generación en generación, y en ella la Semana Santa ocupa un lugar privilegiado: es la memoria compartida que enriquece y cohesiona a todo un pueblo.
Mi padre, como bien sabéis todos los que lo conocisteis, era un hombre de gran devoción. Cofrade de la Virgen de los Dolores, vivía cada Semana Santa con entusiasmo y entrega. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la ilusión con que fabricaba los cirios eléctricos de los penitentes, aprovechando las pilas de teléfono, para que el viento no apagase la llama de los cirios durante el recorrido. Aquellos cirios, encendidos de fe, eran el reflejo de un corazón creyente que no se rendía ante el viento ni ante la oscuridad.
En aquellos años, en la década de los cincuenta y los sesenta, la gente de Abla vivía su fe con intensidad. La Semana Santa era el triunfo de la primavera con la derrota del invierno; el pueblo se preparaba blanqueando las fachadas de sus casas, como signo de transformación exterior pero también interior. La banda de música ensayaba en el ayuntamiento que escuchaba desde casa, -signo inequívoco para quien les habla- que el gran acontecimiento estaba muy próximo. La Cuaresma - tiempo de penitencia y ayuno- se respiraba en cada casa, en cada gesto, en cada conversación de vecindario. Quienes crecimos bajo aquella atmósfera sabemos que la Semana Santa de Abla no era solo una tradición, era -y sigue siendo- un modo de vivir la fe. Lo que se celebraba en el templo se prolongaba en las calles, en las voces del pueblo, en las manos que cosían, túnicas, capirotes y tronos, en los corazones que esperaban la Pascua como un renacer colectivo.
-¿Quiénes preparaban los pasos?
-¿Quiénes revestían a la Virgen con tanto amor, ajustando sus alfileres de plata o su camisa de encaje?
-¿Acaso no eran ellas quienes colgaban sus joyas en torno a su fino cuello, o colocaban las orquídeas, las fresias, los jacintos, los lirios y las rosas blancas? -¡Oh, mujeres de Jerusalén! que bajo el manto de la Virgen, cubrid vuestra identidad con la humildad y la generosidad que os caracteriza.
¡Va por vosotras! Por: Cecilia, Ceso, Consuelo, Encarna, Josefa, Magdalena, Manuela -la prima María-; por Mari, Maruja, Pilar, Piedad, Rosa, Rosario… y por tantas otras mujeres de Abla que pusieron el alma en cada preparativo, el corazón en cada rezo y la ternura en cada paso.
Y ¿cómo olvidar a aquellos hombres, padres, tíos y hermanos, que con su entrega silenciosa, levantaron sobre sus hombros el peso del fervor y la herencia de un pueblo creyente? Ellos son parte de nosotros:
Antonio Tapia Torres, “El Quinto”, sacristán y mano derecha de nuestros párrocos. Antonio el Monjo, Antonio Lerenes, Antonio el de Julia, Antonio el de la Luz, Alfonso Ortíz, Antoñuelo, Apolo, Benito, Cayetano, Dámaso, Ginés, Juan el Caracol, Paco Ocaña, Pepe el Santo, mi padre Antonio y su inseparable amigo Vicente…, el tío David y el tío Paco…. Imposible nombraros a todos, porque fuisteis muchos, y todos, sin excepción: ¡valiosos! Cada uno dejó en nuestras calles el eco de su paso, la huella de su fe, la ofrenda de su vida. Y hoy, aquí reunidos al nombraros, sentimos vuestro regreso porque Abla, ¡no olvida a los suyos!
Vuestra memoria sigue viva en el redoble del tambor, en el incienso que asciende, y en el alma agradecida de este pueblo que sigue caminando tras la cruz de Cristo. ¡Qué esta Semana Santa nos encuentre unidos, creyentes y agradecidos, porque mientras haya en Abla una vela encendida, una flor en el paso y una oración en los labios…el corazón de nuestro pueblo seguirá latiendo junto al corazón de Cristo. Permitidme haceros algunas preguntas que nacen de la reflexión de este pregonero, y que podemos responder juntos:
¿Cuál es el verdadero significado de la Semana Santa? ¿Son las celebraciones litúrgicas y el mundo espiritual en torno a ellas? ¿Son las procesiones en nuestras calles? o ¿tal vez sea la gastronomía familiar en torno a una mesa? Son todas.
Porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. "Y vio Dios que aquello era bueno". (Gen.1,31). Ese mismo Dios, en la plenitud de los tiempos, no se concluye en la eternidad sino que se hace Palabra e irrumpe en la historia y en el tiempo. Este es el misterio de la Encarnación. Podía haberlo hecho de otro modo, pero lo hizo así: eligió a una joven virgen como Madre. Y Ella, ante el misterio, respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La gran tragedia de Jesús de Nazaret comienza en un pueblo humilde y culmina clavado en una cruz en el Gólgota. Entre ambos extremos se desarrollan episodios de ocultamiento y vida pública que es necesario recorrer, contemplar y meditar: actos y acontecimientos que a la luz de la razón humana son difíciles de comprender, aunque no así desde la fe.
Son parábolas y milagros, cercanía y alejamiento, alegría y esperanza… también dolor y soledad, en un acto sublime de entrega, desnudez y abandono. Sin sus discípulos, sin su Madre y hasta sin su Padre, por eso exclama: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”
Es la historia de una infamia y de un fracaso…, hasta la gloria de la Resurrección. La Semana Santa es la manifestación viva de ese relato dramatizado del amor de Dios por nosotros, ante la mirada atónita del mundo. Expectante, el pueblo llena las calles de ciudades y pueblos con estaciones de penitencia para contemplar sus imágenes y dar rienda suelta a sus inquietudes religiosas, sentimientos y deseos más devotos.
Es la piedad de un pueblo que reza y procesiona a través de la contemplación de su Virgen Dolorosa o su Cristo Crucificado, entre varales, flameo de cirios, flores e incienso, o bajo el canto improvisado de una saeta desde un balcón florido. Es grandeza y la plasticidad de unas imágenes sobre tronos majestuosos, portados por costaleros o portadores, escoltados por hermandades de penitentes en estación de penitencia; donde destreza, esfuerzo y oración, forman una misma unidad de sentido, como respuesta a una promesa o al cumplimiento de una tradición ancestral. Es el encanto de la noche bajo el perfume del azahar mezclado con la canela y la vainilla… el lejano sonido de una bocina que rompe el silencio de la noche primaveral. Es el misterio hecho imagen: la Pasión de Cristo en la calle.
Pero la Semana Santa es algo más que una representación plástica o sensorial de la tradición. Con la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, el hombre encuentra sentido a su existencia. Vivir la Semana Santa es morir y resucitar con el Cristo de la fe, a través de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, de un modo real y no imaginario. Es llevar una vida íntima de comunicación con Dios, mediante la oración. Vivirla es hacer presente la muerte y la pasión del Señor que nos redime en la cruz para resucitar con Él. Implica una verdadera conversión de nuestras vidas y un arrepentimiento sincero para seguir a Dios y a su Palabra.
Es seguir la cruz del Crucificado, renunciar al mundo y a sus falacias; dejarse llevar por la fuerza del Espíritu y renacer del agua bautismal. Solo así superaremos nuestras frustraciones y saciaremos nuestra sed de eternidad. Solo así viviremos la Semana Santa como Dios manda.
Por eso el Domingo de Ramos con palmas, olivos y salmos, decimos: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, Hosanna en el cielo!” Recordamos este día agitando palmas y ramos. De su incineración resurgirán las cenizas, que en cuaresma nos marcan como humanos.
Es Martes Santo. Las flores de los balcones de Abla, comienzan a florecer, y luchan unas con otras para así poderle ver: Y ver pasar al "Ecce Homo" para afligirse con él:
¡Quién fuera en esta noche golondrina que anida bajo teja protegida, para secar con sus alas aleteadas, la sangre a borbotones de esa herida! !Oh Jesús, traicionado y negado por tres veces de madrugada, al canto del gallo, por el más cercano! Ultrajado como títere de escarnio, con cetro de caña y corona espinada: un rey despojado, mofado y humillado.
Es Miércoles Santo. Es un día de oración, no exento de reflexión; los pasos quedan expuestos a la espera del momento de salir en procesión. Así preparan los abulenses el triduo de la pasión, muerte, y resurrección.Cada año en Jueves Santo, se rememora el gran día de la entrega y el amor mediante la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía" Por eso durante esta jornada, celebramos la humildad, del Maestro que se rebaja. lavando los pies a sus discípulos, practicando caridad. Durante toda la noche, es noche de oración; "Hora santa" -le llamamos- ante el sagrario que guarda, el pan y el cuerpo del Señor, como regalo de Dios, quien se quedó entre nosotros como muestra de su amor. En las calles de mi pueblo, bocinas de lamento, recuerdan al Jesús que sufre aquellos grandes tormentos. Durante toda la noche, es noche de oración, de vigilia y Monumento, de rezos y meditación.
Cuando concluye el Via Crucis, en la madrugada del Viernes Santo, Abla, se echa a la calle para vivir con intensidad uno de los días más grandes del año. Llega el momento esperado: la procesión de El Paso con sus dos Encuentros. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús, liderada por su hermano mayor, procesiona al Nazareno. El trono de madera rectangular, escoltado por cuatro faroles, luce sobrio en su sencillez. En el centro se alza la figura de Jesús Nazareno, soportando el peso inmenso de la cruz, ayudado por Simón de Cirene. Su rostro, coronado de espinas, refleja el dolor contenido y la serenidad del sacrificio. Las manos, huesudas, se aferran a la madera que simboliza la promesa sellada en Getsemaní: “¡Padre, qué no se haga mi voluntad, sino la tuya!” A cada paso, las sombras de la noche se llenan con el sonido profundo de la bocina y las trompetas de los sumos sacerdotes. Sus sonidos dialogan como si el cielo y la tierra se respondiesen en un lenguaje de duelo. Entonces, todo el pueblo enmudece, y aquel rumor de bronce transporta el alma a la vigilia del Señor, al instante en que Pedro lo negó, al silencio que precede al amanecer de la fe.
Tras el Nazareno avanza San Juan Evangelista, con túnica verde, señalando con su dedo el camino a la Virgen de los Dolores. El primer “Encuentro” se produce en el Paseo de San Segundo, donde el discípulo amado parece presentar a la Madre el rostro doliente del Hijo que va al Calvario. Es un momento de belleza sobrecogedora: el aire se detiene, solo la bocina rompe el silencio, y cada corazón siente la hondura de aquel drama sagrado.
El trono de la Virgen es una joya barroca: su rostro, inspirado en la escuela de Salzillo, irradia ternura y dolor. Bajo un manto negro bordado en oro, coronada y rodeada de cirios encendidos, avanza lentamente, sostenida por seis varales de níquel que cimbrean con la cadencia de los portadores. El hermano mayor, con báculo de la cofradía y capirote negro, guía con paso firme la procesión. Cincuenta llamas temblorosas iluminan el rostro de la Virgen y su corazón de plata atravesado por siete puñales. Al verla, las lágrimas me vencen. En su mirada encuentro los ojos de mi madre, la fe de mi padre, la memoria de todos los que me precedieron. De niño, en aquellas mañanas de primavera, mi mano se aferraba a las manos de mi madre, mientras el Nazareno y su Madre pasaban ante nosotros. Recuerdo mis zapatos nuevos, la ropa de domingo, la emoción contenida de quien intuía algo sagrado sin comprender del todo. Solo vivencia y emoción. En medio de la sencillez de entonces, aquella procesión era siempre una promesa de belleza y consuelo.
Si el primer Encuentro conmueve hasta las lágrimas, más aún lo hace el segundo Encuentro en la plaza del pueblo. Es el instante en el que la Verónica enjuga el rostro de Jesús. El trono del Nazareno se detiene frente al de la Virgen; san Juan señala el camino y, desde la esquina, se aproxima la Verónica, moviéndose en un vaivén rítmico que parece plegaria. Tres genuflexiones marcan el avance. Entonces, con gesto reverente acerca el lienzo al rostro del Señor, y ante la multitud, el rostro de Cristo queda impreso en el paño. Verónica retrocede mostrando el paño primero al pueblo y luego a la Madre Dolorosa. En un instante preciso, Madre e Hijo, entrecruzan sus miradas: en una queda el dolor, en la otra, un inmenso amor.
Huele a incienso, suena la bocina, y el aire mismo parece suspender su respiración. Aquel instante se vuelve eterno: la fe, el dolor y el amor se funden en una sola emoción que atraviesa generaciones. Todo un pueblo, en silencio, comparte el misterio de un Dios que, a través de la belleza y la entrega, hizo del sufrimiento un acto de amor sin medida.
Sin apenas tiempo, vuelta a casa para en torno a la mesa “reponer fuerzas” con “el potaje de semana santa”, y dar sobrada respuesta a los postres que nuestras madres preparan con tanto esmero: Huevos a la nieve, natillas, flan, arroz con leche…buñuelos y chocolate. Con el último bocado vuelta al templo para sacar en estación de penitencia al Crucificado
Son las tres de la tarde, hora del tercer “Encuentro”. Frente al monte de los olivos, Jesús pende de una cruz. San Juan está allí sumido, indicando el camino, con su palma en la mano, acompañando a María, con el corazón traspasado de un Viernes Santo en la Cruz de los Caídos.
Sus jadeos son más dilatados, apenas puede respirar, el mismo peso del cuerpo le impide ensanchar el pecho, se asfixia cada vez más. Sus fuertes extremidades, apoyadas en los clavos, pese al dolor insoportable, le ayudan a respirar. Finalmente El Crucificado, exhala el último aliento, encomendando su espíritu, a su Padre el "Bien Amado". Un silencio luctuoso, se apodera del lugar, roto por el aletear de aves que se aprestan a volar, y un tambor acompasado, con cadencia regular, rompe un silencio hermanado y nos invita a rezar:
Ante ti estoy, Jesús amado, manos extendidas para perdonarme, y en el madero de tormento romano, atadas y clavadas, para castigarme.Me presento ante tus ojos de amor, para que me miréis con sereno gesto, y la ira de la justicia del buen Dios, se aplaque, por tu misericordia y perdón. No solo diste tu vida con tu hecho, pues si quedaba duda, también renunciaste a tu madre como gesto. Nada quedó en el resto de tu cuerpo: ya que vertiste la última gota de sangre por la brecha de tu costado abierto.
El cielo se torna gris, crespones negros coronan estandartes y banderas, de hermandades y cofradías, cambian su color morado, por símbolos enlutados. San Juan y La Dolorosa, quedan como anonadados, contemplando al soldado, que con yelmo y lanza armado, traspasa aquel costado del maestro e hijo amado. Un color negro sepulcral, reviste el cielo sombreado, a veces iluminado, por relámpagos y nubes, que lloran por El Crucificado. Manifiestan ante el mundo el fracaso de un Dios-hombre, que quiso ser como Dios, y solo es un ajusticiado que pende de un madero cruzado, a la espera de ser por el Padre glorificado.
El que ha de resucitar, primero ha de ser enterrado; por la Calle Baja va el cuerpo del Crucificado, envuelto en un sudario, por "los civiles" escoltado, en los oficios desclavado, por la hermandad, cuyo nombre es, la del resucitado. Todo ha quedado ya dicho, en Siete Palabras -escrito está- las mismas que profirió Jesús, en el Gólgota como altar, antes de expirar. Claveles de color rojo-sangre, rodean el cuerpo yacente, luchan por sobrevivir en un sepulcro de muerte, preludio de una batalla, entre la vida y la muerte, donde Jesús triunfará, sobre las fuerzas del mal.
De terciopelo oro-negro vas vestida "Dolorosa", en tus manos un rosario y en tu pecho, una rosa, con espinas del Calvario. Hacia tu trono caminas con tu pesar, lentamente, a hombros de tus cofrades y el aplauso de tu gente. Hay un silencio expectante roto por un tambor, que sube directo al cielo y susurra una oración. Una saeta irrumpe desde un florido balcón, son versos precipitados: !un grito desde el dolor! !Deja Madre te ayudemos a soportar esa carga, déjanos enjugar tu pena que corre por esas lágrimas!
Recorre Abla en la noche, un silencio sepulcral, una serpiente de luces, repta en la oscuridad, entre cirios encendidos, pavesas que eleva el viento y rezos enmudecidos. Son las mujeres abulenses, que saben lo que es llorar, acompañan a su Virgen llamada: La Soledad.
El día más grande del año en la liturgia cristiana, es la Vigilia del Sábado por la simbología empleada. Es la noche bendita de la luz, y la Palabra, la del agua del bautismo, y sobre todo es: La Noche de La Pascua, y del Cordero Pascual; noche de catecumenado de profesión de fe en el Cristo Resucitado, por la inmersión bautismal en presencia del Cirio Pascual.
¿Qué nos dice hoy la Pasión y Resurrección del Señor a los hombres y mujeres de Abla?
Lo primero, que no tengamos miedo a ser testigos de la Resurrección y a anunciar esta “Buena Nueva” al mundo: ¡Cristo ha resucitado! Ha vencido a la muerte, por eso no es vana nuestra fe. Su resurrección es un mensaje de alegría y esperanza para nuestro mundo, sediento de igualdad, paz y justicia. El amor ha triunfado sobre el odio, la luz sobre las tinieblas, la vida sobre la muerte. A nosotros como comunidad eclesial, nos corresponde dar testimonio de esta "Buena Nueva" con nuestra palabra y nuestras obras. No estaremos solos, "porque dónde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20).
¿Y dónde encontraremos el verdadero rostro de Jesús resucitado? No te engañes: no está escondido en los libros, ni en los tratados de teología o filosofía. Está en ti y en mí, en la entrega y amor con la gente que convivimos a diario. Está en la sonrisa de tus nietos, en la mirada de la persona amada, en el abrazo de un viejo amigo, en el olor del pan recién hecho y en el café de cada mañana; en la lluvia y en el aroma a tierra mojada. Y sobre todo, está en la mano abierta del mendigo que pide a la puerta del supermercado, en la mirada suplicante del enfermo que aguarda un milagro, en la mujer embarazada que besa la vida que su vientre acuna, en tantos hombres y mujeres que sufren la violencia, el maltrato, la soledad o la pérdida.
Pero no sólo ahí. También está en el Camino de Emaús y sólo lo reconoceremos al “partir el Pan”. “Porque No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una gran acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva." Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est, 1.
Gracias a la Resurrección, Cristo está presente en el Sacramento de la Eucaristía con su cuerpo y su sangre, bajo las especies de pan y vino. Un acto grandioso, un milagro precioso del amor de Dios, que acontece y se actualiza en cada Eucaristía. Él está en el cielo como Hijo de Dios-Padre, resucitado y glorificado, a la espera de nuestra resurrección. Aunque nosotros los cristianos, somos su cielo en la tierra cuando llevamos su nombre como testigos de su resurrección, cuando lo sentimos, lo gozamos y lo vivimos en los sacramentos. Parece que está muy lejos…, pero no es así. Está muy cerca. Está en el sagrario, en la Iglesia (asamblea), y en el corazón de cada hombre que siente la necesidad de amarle. Así nos lo prometió: "Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos". (Mt 18,20).
Por todo ello, los abulenses anunciamos con júbilo nuestra Semana Santa:
!Semana Santa de Abla! ¡Qué entre calles encaladas con balcones y casas blancas, procesionan tus imágenes elevando una plegaria de súplica y esperanza! !Qué el mundo sepa que aquí la gente reza con alma, la fe que un día recibió como una perla que guarda, muy dentro del corazón!!Semana Santa de Abla! que manifiestas tu fe: !Qué el Cielo oiga tu plegaria!
Abla, 15 de marzo de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario